La Virgencita “usurpadora”

Detrás de la estatua de la Virgencita en yeso custodiada en un nicho del Ponte Nomentano, hay una historia con rasgos dolorosos. La cuenta Gherardo Ruggiero, profesor de teatro y apasionado de historia romana.

Lleva a cabo visitas guiadas en lugares poco conocidos de la ciudad, enriqueciéndolas con anécdotas e historias recogidas de los habitantes del territorio. También en este caso ha sido él quien recuperó la historia de los protagonistas. En los años entre las dos guerras, esta zona de Roma era todavía campo, sobre la ribera del Aniene (llamado también Teverone). La señora María había puesto en el nicho del puente una impresión a colores de la Virgen de las Gracias.

Cada día al atardecer se acercaba al lugar para rezar, con una breve procesión con los niños del barrio, entre los cuales estaba la hija Natalina. A cada niño se le encomendaba una tarea: llevar agua, flores, velas y también un reclinatorio.

Después de la oración se volvía a casa y la señora María regalaba a cada pareja de niños una botellita de naranjada para compartir. Llegamos a la postguerra y una tarde, cuando la pequeña procesión llegó al puente, estaba la imagen de la Virgen en el suelo y en su lugar una estatua en yeso de la Virgen, que se encuentra visible aún hoy a pesar de estar estropeada por actos vandálicos.  “Ay muchachos, esta no es nuestra Virgen. ¡Para casa!” parece que dijo la señora María.

La oración no se realizó y la procesión volvió atrás y desde entonces no se hizo más. Sólo muchos años después se descubrió que la estatua fue colocada en ese lugar probablemente por uno de los constructores del barrio, cuya hija se había suicidado. La Virgencita estuvo durante algún tiempo olvidada, y también abandonada, cuando el puente se cerró antes de hacerlo una área peatonal. En los últimos años han ido apareciendo primero una vela, luego un ramo de flores y ahora todos los días algunas señoras van a visitar a la Virgencita para cuidarla.

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