Las flores más vinculadas a Jesús y a la Virgen

Desde la antigüedad, las flores han sido ampliamente usadas en las celebraciones rituales. Ha sido así para las civilizaciones mediterráneas pre-cristianas, el mundo egipcio, el cretense y el greco-romano, continuando en los siglos sucesivos, cuando con la Edad Media el uso de las flores se transformó prestando una atención particular a la comprensión de las valencias médicas y terapéuticas de los antiguos herbolarios, condición indispensable para comprender cómo las acepciones “salvíficas” de algunas flores se transfirieron a la Virgen y los santos.

El libro de Sara Piccolo Paci Rosa sine Spina. I fiori simbolo di Maria tra arte y mistica (Ancora) ayuda a recorrer la historia de la importancia de las flores a lo largo de los siglos y su acercamiento a las imágenes sacras, sobre todo a las de Cristo y su Madre.

Entre las expresiones más elevadas de la mística y la poética bíblica encontramos el Cantar de los Cantares, en que la Esposa es definida de muchas maneras, a menudo con metáforas vegetales y florales. Ella misma dice de sí misma: “Yo soy el narciso de Sarón, el lirio de los valles“, mientras que el Esposo habla de ella diciendo: “Huerto eres cerrado, hermana mía, novia, huerto cerrado, fuente sellada.”

Las imágenes evocadas por estas descripciones han sido objeto de profundas meditaciones por parte de exégetas, comentadores, poetas, literatos y artistas de toda época. La Esposa se ha comparado con la Iglesia y la Virgen, el Esposo con Cristo. De ahí, las innumerables representaciones de la Virgen dentro de un hortus conclusus, cercana a una fuente de agua, rodeada de rosas o sentada en un prado salpicado de flores primaverales.

En las Laudes y letanías, como símbolos de las virtudes de María, se encuentran también los títulos de Vas spirituale, Vas honorabile, Vas insigne devotionis, Rosa mystica y Regina sacratissimi rosari, todos términos que se han prestado fácilmente a la transformación en imágenes, tanto como acompañamiento de las imágenes marianas (no es casualidad la rica presencia de floreros, con flores o sin, en las imágenes de la Anunciación o de la Virgen en el trono) como aparte, sobre todo cuando se desarrolló el género de la conocida “naturaleza muerta”.

En uno de sus sermones marianos más conocidos, Bernardo de Chiaravalle hablaba así de la Virgen: “Oh María, tu santísimo vientre y el jardín de las delicias del que nosotros cogemos con alegría la flor, que a todo el mundo difunde una multitud de dulzuras. Tú eres el hortus conclusus, oh Madre de Dios, en el que nunca entró el pecado”.

El De Corona Virginis es un pequeño tratado atribuido al obispo Ildefonso de Toledo, que vivió en el siglo VII. El texto se lleva a cabo en dos registros, descriptivo y simbólico, y analiza un conjunto de plantas, “planetas” y piedras preciosas, imaginándolos como ornamento de la Virgen María, definida amabilis velut rosa. Aquí las flores son usadas tanto en sentido alegórico como simbólico, por su color y por las propiedades terapéuticas que se conocían de ellas.

Entre las flores “de Ildefonso” encontramos esas mismas ya usadas antiguamente en la devoción de grandes divinidades femeninas, como el lirio, el azafrán, la rosa y la violeta, pero también nuevas, como la caléndula y la manzanilla.

El autor compone una “corona” de 24 elementos, la mayor parte piedras, dividida en 6 grupos, cada uno compuesto por dos piedras, un “planeta” o “estrella” y una flor.

La rosa es la flor mariana y mística por excelencia, capaz de conservar secretos e intuiciones espirituales: “blanca y sin espinas, porque no lleva la mancha del pecado; rosa, por el misterio de la Encarnación; roja, por el amor y la caridad con que ha accedido a la llamada del Padre y por el dolor sufrido al ver a su Hijo en la cruz”.

La rosa roja se volvió también el símbolo del Amor perfecto, al poderse asimilar también a Cristo además de a María; de oro, finalmente, en la gloria de la Asunción y, por asociación, describe también las bienaventuranzas paradisiacas, tanto que Dante imaginó a los santos en el Empíreo compuestos como una rosa alrededor de Dios.

Una rosa para cada fase de la vida de María. Así, para Piccolo Paci, nació probablemente también el rosario, o sea “corona de rosas”, “práctica devocional que ve una serie de oraciones intercaladas en la reflexión sobre los principales misterios de la vida de la Virgen y de Cristo precisamente como se recoge un bouquet de rosas”.

Otra flor que se asocia a un simbolismo doloroso es el cardo mariano. El cardo era conocido tanto por su uso alimentario como por el terapéutico. Sus propiedades tónicas, antioxidantes y galactógenas la volvían una planta valiosa, a menudo era usada por las mujeres recién paridas y los ancianos como integrador y regenerador.

Las pequeñas manchas blancas que se encuentran en las hojas y los usos galactógenos dieron origen a la leyenda que cuenta sobre las gotas de leche de la Virgen que cayeron mientras amamantaba a Jesús durante la fuga a Egipto.

La presencia de las espinas la volvieron apta también para representar los dolores de María, además de evocar la imagen de la corona de espinas de la crucifixión.

En su Vallis Liliorum, el místico alemán Tomás de Kempis cita el Cantar de los Cantares: “Yo soy la flor de y el lirio de los valles”; “Esta es la palabra con que Cristo se dirige a su santa Iglesia en general, y más especialmente a cada alma piadosa. Cristo de hecho es el bellísimo esposo de la Iglesia católica […], la flor de todas las virtudes, el lirio de los valles. […] quien quiera servir a Cristo y agradar al esposo celestial, procure despojarse de sus vicios, recogerá los lirios de la virtud”.

Jacopone da Todi, en Il Pianto della Madonna de la passione del figliolo Jesù Cristo, (El llanto de la Virgen de la pasión de su hijo Jesucristo) le hace decir a María: “¡Oh hijo, hijo, hijo! / Hijo, amoroso lirio, / hijo, ¿quién da consejo / a mi corazón angustiado?

“Si la unión entre la rosa y el lirio en las representaciones religiosas subraya a menudo precisamente el vínculo místico entre la Madre y el Hijo”, escribe Piccolo Paci, “allá donde se enfatiza la presencia del lirio, quizá asociado a otra flor, como la aguileña por ejemplo, se quiere evidenciar la soberanía y el destino doloroso y necesario del Salvador”.

En la naturaleza muerta se percibe a menudo una estructura religiosa o moral escondida detrás de la imagen, sólo aparentemente sencilla. “Un florero o una mesa puesta”, recuerda la autora, “podrían ser sólo lo que parecen, expresando sencillamente el aprecio estético por los colores y las formas o, a lo sumo, el status del comitente. Pero, a menudo, algunos elementos y asociaciones nos hacen intuir un significado espiritual distinto, hoy quizá más difícil de comprender que en el pasado”.

“El gran éxito de las Stilleben (naturaleza muerta) en el área flamenca, tanto católica como protestante, está también vinculado a la exigencia de expresar la res mystica en una área donde estaba prohibida la visión tradicional del arte sacro” después de la Reforma protestante.

“Con la naturaleza muerta se podían satisfacer las exigencias tanto de una clientela culta, profundamente religiosa, que aún necesitaba de un medio con el cual poder representar la realidad religiosa, espiritual y mística sobre las que meditar, como la de los críticos reformados más extremistas, para quienes la representación literal y tradicional de la historia de la salvación era algo a evitar. Esta doble posibilidad ofrecida por la pintura ilusionista de la Stilleben era completamente comprensible para el público católico y esto explica cómo muchos de los primeros clientes católicos fueron precisamente cardenales y obispos, como en el caso del cardenal del Monte que encargó a Caravaggio la famosa Canestra di frutta (Cesta de fruta) – hoy en la Ambrosiana de Milán – para regalarla al cardenal Federico Borromeo”.

Entre las primeras plantas que fueron importadas a Europa con éxito fueron las del Cercano Oriente, en particular bulbosas de Turquía. Entre éstas se debe recordar la inmensa suerte del tulipán, cuya pasión llevó en menos de cincuenta años de su primera aparición en Europa, en 1554, a una de las fiebres lucrativas más devastadoras jamás existentes, visto que sobre todo en las provincias unidas del norte de Europa (la actual Holanda) los preciosos bulbos eran valorados mucho más que el oro y la clase mercantil hizo un verdadero y propio status symbol.

El tulipán encarnaba los conceptos de monarquía y de vida cortés, era expresión de paz y de renovación y, al mismo tiempo, de búsqueda espiritual. El tulipán, especialmente rojo, se parecía a la flama mística con la que el verdadero buscador se sacrifica en el intento por alcanzar a Dios. Era, por lo tanto, la expresión perfecta para representar el verdadero amor y el amor divino.

A partir del siglo XVII se volvió una de las flores más amadas y más representadas en la naturaleza muerta, y fue rápidamente asociada a las flores de María y Jesús.

“Nobles” o más sencillas, todas las flores son un don y hacen un jardín. En este sentido, Sara Piccolo Paci termina su libro con un pensamiento de santa Teresita del Niño Jesús: “Jesús se ha dignado instruirme acerca de este misterio. Puso ante mis ojos el libro de la naturaleza y comprendí que todas las flores que él ha creado son hermosas, y que el esplendor de la rosa y la blancura del lirio no le quitan a la humilde violeta su perfume ni a la margarita su encantadora sencillez. Comprendí que si todas las florecitas quisieran ser rosas, la naturaleza perdería su gala primaveral y los campos ya no se verían esmaltados de florecillas. Eso mismo sucede en el mundo de las almas, que es el jardín de Jesús. Él ha querido crear grandes santos, que pueden compararse a los lirios y a las rosas; pero ha creado también otros más pequeños, y éstos han de conformarse con ser margaritas o violetas destinadas a recrear los ojos de Dios cuando los baja a sus pies. La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que él quiere que seamos”

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