Muere uno de los amos del cine de los 90: Jonathan Demme

Las estrellas de Hollywood también se apagan, aunque sigan brillando en nuestros sueños y en el pisoteado suelo del paseo de la fama. Esta semana ha llegado el momento de Jonathan Demme, a los 73 años, víctima de las complicaciones de un cáncer de esófago con el que lidiaba hace ya años.

Este neoyorkino de pro, nacido en Long Island, es mayormente conocido por sus triunfos como director en los noventa, tanto con El silencio de los corderos (1991), como con Philadelphia (1993).

Con el primero de sus más incidentes filmes consiguió que un thriller terrorífico -género normalmente ninguneado por la Academia- fuese coronado en los Oscars con los 5 premios grandes de la gala: mejor película, mejor director, mejor actriz (Jodie Foster), mejor actor (Anthony Hopkins) y mejor guión adaptado.

Algo que sólo habían conseguido anteriormente obras míticas como Alguién voló sobre el nido del cuco (1975), de Milos Forman, con el enorme y ahora enfermo Jack Nicholson y Louise Fletcher en los papeles protagonistas; y Sucedió anoche (1935), del eterno Frank Capra, con Claudette Colbert y Clark Gable.

Con Philadelphia, sólo dos años después, consiguió otras cinco nominaciones, aunque en este caso sólo se llevaron el gato al agua Tom Hanks -que recibió su primera estatuilla como mejor actor, para ganar también un año más tarde con su papel protagonista en Forrest Gump (1994)-, como Bruce Springteen, que venció con aquel inolvidable y magnética Streets of Philadelphia.

Sin embargo, más allá de los laureles conseguidos por este filme gracias al que Antonio Banderas consiguió colarse en Hollywood, el valor de este largometraje es amplificado por su función histórica. Supuso una novedad: la introducción definitiva y sin vuelta atrás en la fábrica de sueños de un modo de lucha contra el estigma social provocado por estar infectado por el virus VIH, por estar enfermo de SIDA, o por ser homosexual.

Tras aquella historia particular de Andrew Beckett, un abogado gay que era despedido de su bufete por el hecho de haber contraído la enfermedad, aprendimos a mirarle a la cara a esa plaga que se desencadenó en los ochenta y que todavía hoy sigue haciendo estragos.

Jonathan Demme fue un maestro del cine de entretenimiento comprometido, aunque parezca paradójico. Como ha dicho en su despedida la actriz Jodie Foster, “era tan extravagante como sus comedias y tan profundo como sus dramas”.

Empezó con productos de serie B, como La cárcel caliente (1974), de la mano del productor Roger Corman y de la productora Evelyn Purcell, su primera mujer.

Después de esa primera época se independizó de Corman y consiguió la fama en los ochenta con comedias menores como Chicas en pie de guerra (1984), con Goldie Hawn y Kurt Russell, y con las más exitosas Algo Salvaje (1986), con unos jovencitos Jeff Daniels y Melanie Griffith, y Casada con todos (1988), con la icónica Michelle Pfeiffer como eje de coordenadas.

Nosotros devoramos todo ese material en formato VHS. Porque alquilar una película de Demme en el video-club era sinónimo de diversión.

Después ya vinieron los noventa y su incursión en otros géneros más serios, donde se ganó definitivamente un justísimo puesto preferente en nuestra memoria.

Como ha dicho Jodie Foster, que tras su papelazo en Acusados (1988) ganó su segundo Oscar con su papel de agente Clarice Starling en El silencio de los corderos: “tengo el corazón roto por perder a un amigo, un mentor, un tipo tan singular y dinámico que tendrías que diseñar un huracán para contenerlo”.

No fue nuestro amigo pero sí fue un discreto compañero de camino, de esos que, casi sin saberlo uno, te hacen ver las cosas un poco mejor. Por eso, le doy desde aquí mi más sincero pésame a su mujer, la artista Joanne Howard, y a sus tres hijos, Ramona, Brooklyn y Josephine. Descanse en paz.

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