¿Es posible “morir de amor”?

No son pocas las enternecedoras historias de matrimonios de ancianos muy enamorados que mueren a poca distancia temporal uno del otro (a veces, minutos). Cincuenta, sesenta años juntos no son fáciles de metabolizar cuando luego toca vivir otros años sin el compañero de toda la vida.

¿Que le sucede al ser humano? ¿Cómo funciona el mundo afectivo y emocional cuando ha vivido siempre en sintonía con la persona amada? ¿Por qué hay casos de ancianos felizmente casados durante muchos años, que mueren casi al mismo tiempo? Para algunos es fruto de la coincidencia.

Pero la ciencia ofrece otras respuestas, como destacaba el el psicólogo clínico experto en adultos Esteban Cañamares al diario español El Mundo, a raíz de la muerte de un conocido filósofo español, Gustavo Bueno, dos días después de su esposa: simplemente, “el cerebro no quiere esforzarse por seguir viviendo”. 

El experto lo compara con un caso de salvamento en el mar: una persona lucha por mantenerse a flote, y justo cuando llegan los equipos de rescate, pierde el conocimiento: cuando el esfuerzo ya no es necesario, el cuerpo, que estaba sometido a un esfuerzo extraordinario, se relaja.

La vinculación entre la motivación de luchar por la propia vida y la supervivencia fue también documentada por el famoso Viktor Frankl en su obra El hombre en busca de sentido: Los prisioneros de los campos de concentración seguían vivos, en aquellas circunstancias extremas, mientras tenían una motivación fuerte para ello. Cuando en algún momento esa persona se rendía interiormente ante la muerte inevitable, al poco tiempo era presa de las enfermedades o simplemente moría de inanición.

En el caso de estas muertes de parejas de ancianos que mueren a poca distancia uno del otro, hay un dato que se repite: eran matrimonios felices y muy unidos, y tenían ya una edad bastante avanzada.

Las estadísticas lo demuestran, pero lo importante es la lección que nos deja en la vida. Vivimos para amar y para ser amados. Creamos relaciones estables afectivas que construimos durante años de convivencia donde se comparte todo, y donde se define la propia identidad en función de la relación con la persona elegida y amada durante toda la vida.

En este sentido, la ciencia acude en nuestra ayuda para constatar que el amor tiene efectos psicológicos y fisiológicos importantes. Es lo que se llama “teoría del apego“, basada en las investigaciones realizadas con bebés por la psicóloga del desarrollo Mary Ainsworth en los años 60 y 70.

Ese mismo apego que se da entre un bebé y su cuidador, y que es la base de su supervivencia, se produce en las relaciones románticas entre adultos: Ya son muchas las investigaciones (sobre todo entre la década de los 90 y 2010) que demuestran la relación entre el apego vital entre las personas y la satisfacción matrimonial.

Es verdad que en la ancianidad, la propia naturaleza va preparando a la persona para desapegarse de todo lo que había sido su vida (relaciones familiares, trabajo, etc). Pero al mismo tiempo, la misma naturaleza humana nos ha ensenado a ir cultivando y aumentando el afecto hacia la pareja de toda la vida, y por ello esa separación última puede ser, humanamente hablando, muy difícil de asimilar.

¿Significa eso que las personas que enviudan y siguen viviendo muchos años no tenían una relación amorosa tan fuerte? No, en absoluto. En un estudio financiado por el Instituto Nacional del Envejecimiento de EE.UU, sobre 1.500 parejas mayores casadas, se mostraba que un 46 % de los viudos tuvieron matrimonios satisfactorios. Consideraban que la vida había sido justa y aceptaban la muerte como parte de la vida. Tras la muerte de sus cónyuges, numerosos viudos/as aseguraron que encontraron un gran consuelo en sus recuerdos.

En su totalidad, estos descubrimientos arrojan una evidencia sólida de que los hombres y mujeres que muestran esta fortaleza durante el periodo de duelo “no están emocionalmente distanciados o en denegación, sino que son personas bien adaptadas que reaccionan a la pérdida de manera sana“.

Sencillamente, no todas las personas tienen la preparación interior o la fortaleza psicológica – o fisiológica – para encarar la viudez, la “vida sin el otro”. Y cuando tienen una edad muy avanzada, en la que el cuerpo está debilitado psíquica y fisiológicamente, el peso de la separación puede ser tan intenso que ya no hay “motivación” para seguir viviendo.

Artículo realizado en colaboración con Javier Fiz Pérez, Psicologo, Profesor de Psicología en la Universidad Europea de Roma, delegado para el Desarrollo Cientifico Internacional y responsable del Área de Desarrollo Científico del Instituto Europeo de Psicología Positiva (IEPP).

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