Ni angustiarse ni pasar de todo: cómo dimensionar

Tiene algo el mar que hace que los problemas parezcan pequeños… algo así como el efecto de subir a lo alto de una montaña. Ante la inmensidad, mi vida cobra su dimensión correcta. ¡Qué pequeño soy! ¡Qué pequeños mis problemas! Pero a veces me abruman mis miedos o me bloquean mis límites…

Por eso me hace bien detenerme delante de un árbol inmenso y dejar de pensar en lo que me agobia. Igual que me viene bien alabar y dar gracias a Dios por la vida, por lo bueno y por lo malo. Lo segundo no es tan sencillo. Agradecer por un regalo parece fácil. Emocionarme con alegría ante Dios en medio de la cruz es todo un desafío.

La alegría pascual me hace ver mi vida en la dimensión correcta. Y dejo de arrastrarme por mi camino sobreviviendo. Tomo en mis manos mis sueños y me pongo en marcha. Temo cometer las torpezas de siempre. Y me abruma pensar en un horizonte estrecho.

El ancho mar siempre me emociona. Allí donde no veo el final del mar en una última caída. Y el viento se lleva de un soplo mis pesares. E inflama las velas de mi optimismo. Miro la vida sonriendo en medio del camino. Un camino ancho. Vastos parajes.

Hay personas que nunca se detienen a preguntar al que va a su lado cómo se encuentra. Siguen sus sueños preocupadas de sus problemas. Y no tienen la capacidad de asumir los problemas de otros. Me daría miedo vivir así. No lo quiero.

Deseo tener un corazón grande y abierto que acoja la vida de la mañana llena de luces. Y los árboles vestidos de fiesta. Y los retoños que brotan con fuerza después del invierno. Creo en la capacidad que Dios me ha dado para tomarme en serio mis días. Para decidir cómo quiero vivir cada mañana.

El otro día leía: “El hombre no está absolutamente condicionado y determinado; al contrario, es él quien decide si cede ante determinadas circunstancias o si resiste frente a ellas. En otras palabras, el hombre, en última instancia, se determina a sí mismo. El hombre no se limita a existir, sino que decide cómo será su existencia, en qué se convertirá en el minuto siguiente”[1].

Ante las circunstancias del camino decido, elijo, actúo, avanzo. No me dejo retener por las adversidades. Ni cedo con miedo a las primeras preguntas que me incomodan. Quiero caminar más hondo en lo profundo de mi alma. Y descubrir las luces y las sombras.

Decía el padre José Kentenich: “¿Existen en mí restos de amargura y rencor? Sólo en la medida en que el Espíritu Santo, por medio de sus siete dones, transforme y transfigure en profundidad nuestra naturaleza humana, lograremos superar tales debilidades de nuestra naturaleza, y esas vivencias nos harán más ricos interiormente, más maduros, puros y abiertos a lo divino, a las cosas eternas”[2].

Me doy cuenta de que no camino solo. O mejor aún, sé que solo no puedo. No logro apartar la tristeza. No venzo mis miedos. No avanzo en mis debilidades. Y me turbo incluso tocando mis victorias.

Por eso necesito esa fuerza del Espíritu que me levante. Que saque lo más dormido que hay en mi alma. Y venza en ese terreno turbio en el que sólo con mi voluntad no avanzo. Un milagro de la gracia.

Alabo a Dios por los pequeños pasos que voy dando con miedo. Lo alabo por esa fuerza que pone en mí para levantarme cada mañana con ganas de comerme el mundo. Que siempre me levante con esa fuerza. Con ese deseo de avanzar subiendo un monte. Atravesando un lago.

Con ese ímpetu que no me haga turbarme ante las contrariedades de la vida. Ante esas personas que me inquietan y que Dios pone en el camino para ayudarme a crecer. Para que no me acomode. Para que no me aburguese.

Le agradezco a Dios por poner a mi lado a quien me ve con ojo crítico, juzga mi vida y condena mis actos.

No creo siempre sus juicios. No importa si se equivoca. Eso es lo de menos. No juzgo sus intenciones ni condeno su deseo de abrazar la verdad en sus palabras. Eso tampoco es tan importante. Lo que le agradezco a Dios es que me permite siempre de nuevo preguntarme si voy por el camino correcto. Si estoy yendo o volviendo de casa. Si estoy mirando con ojos verdaderos.

Teilhard de Chardin decía: “Para el que es capaz de ver, nada es profano”. Quiero ver bien, en la verdad. Y si para eso tengo que escuchar al que camina cerca, bienvenido sea.

En todo juicio, verdadero o erróneo, hecho con bondad o sin misericordia, está la mano de Dios escondida para ayudarme a vivir desde dentro. Desde lo que yo soy. Y me anima a no dejar de soñar con lo que puedo llegar a ser si creo. Si me dejo hacer. Si me dejo llevar por la fuerza del Espíritu.

[1] Viktor Frankl, El hombre en busca de sentido

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