San Antonio de Padua y la usura de los banqueros

San Antonio de Padua y la usura de los banqueros

IGLESIA Y SOCIEDAD | Por Raúl LUGO RODRÍGUEZ |

Los enemigos del Papa Francisco proceden de diversos ámbitos. Dentro de la iglesia, como era de esperarse, los vientos de la Reforma y el regreso a la centralidad del Evangelio de la Misericordia han descolocado a muchos de los altos jerarcas y grupos conservadores, acostumbrados al modus operandi de los cerca de cuarenta años de restauración. Lo único novedoso en esta oposición es su virulencia y su desfachatez, que se difunde a través de los variados portales electrónicos católicos, que se distancian abiertamente del magisterio papal y bombardean las líneas fundamentales de la reforma de Francisco.

Fuera de la iglesia llama la atención, aunque tampoco sorprende del todo, la oposición de los grandes del dinero y el poder. Quizá uno de los signos más patentes sea la visita al Vaticano, en busca de la foto, del energúmeno que habita la Casa Blanca, a quien el Papa regala su Encíclica sobre el Cuidado de la Casa Común (Laudato Sii) y que, pocas semanas después, decide la salida de su país del Acuerdo de París contra el cambio climático. La foto oficial de la visita que ha dado la vuelta al mundo, con el ceño adusto de Francisco, quizá sea la mejor editorial de esa visita.

Pero la oposición de Francisco a la dictadura del dinero, elevado a la categoría de divinidad en el sistema del capitalismo mundial imperante no es un fenómeno nuevo en la iglesia. Francisco camina tras las huellas de grandes santos y santas que, enfrentando los desafíos de su época, supieron confrontarse, a veces hasta el martirio, con el sistema socio económico imperante: tendríamos que mencionar, en nuestra región y época, por ejemplo, la excelsa figura de Monseñor Romero.

Hoy quiere hacer alusión a la predicación de san Antonio de Padua, también conocido como Antonio de Lisboa. Lo hago por dos razones: porque hoy es la fiesta que lo celebra en la liturgia católica y en nuestra península es uno de los santos patronos más populares, contándose en decenas las iglesias dedicadas a su nombre, pero también porque en su predicación, el santo franciscano enfrentó uno de los males que siguen aquejando a muchas familias en estos tiempos que corren: me refiero al ejercicio de la usura, sea la privada, realizada por personas privadas, como la pública, llevada a niveles de escándalo, en las instituciones bancarias.

Por eso comparto con ustedes algunos de los motivos de la predicación de san Antonio, según nos lo transmite en un sesudo estudio titulado El Otro San Antonio de Padua, escrito por Fray Lázaro Iriarte OFMcap, que puede encontrarse en Selecciones de Franciscanismo, vol. XXIV, n. 70 (1995) 71-85. Les ofrezco unos fragmentos:

 

En Antonio nació el predicador aquel día en que, por obediencia, dejó que la lengua hablara de la abundancia del corazón (Mt 12,34). Recibida de su provincial la misión de evangelizar, escribe el primer biógrafo, «comenzó a recorrer ciudades y castillos, aldeas y campiñas, diseminando por doquier la simiente de vida con generosa abundancia y con ferviente pasión».

Los biógrafos no se han planteado la cuestión de la lengua en que predicaba el santo. Portugués, llegado a Italia a la ventura, hizo oír su voz en regiones lingüísticas tan diversas como la Romagna, el Véneto, Lombardía, el Mediodía de Francia: no tuvo tiempo para aprender los varios idiomas. ¿Cómo hacía para hacerse entender del pueblo? Con toda probabilidad él hablaba en latín; en efecto, el biógrafo hace constar el domino que poseía de la lengua eclesiástica. Pero el latín sólo lo entendían los letrados y aun estos hallarían dificultad en captar la diferente pronunciación latina por la que, en la Edad Media, eran ya conocidos los clérigos hispánicos. El autor de las Florecillas, al referir el sermón predicado por Antonio ante la corte romana, recurre al milagro de Pentecostés para dar una respuesta (Florecillas cap. 39). Quizá lo que enardecía a la gente sencilla no era tanto lo que decía el predicador, sino quién lo decía y cómo lo decía. En Antonio, como en Francisco, predicaba la persona y la vis profética de su mensaje.

A través de sus sermones, escritos mucho tiempo después de haberlos predicado y para destinatarios cultos, es difícil hacernos una idea de lo que fue la predicación de Antonio. Ha sido proclamado Doctor Evangelicus por Pío XII. «Heraldo del Evangelio» es el apelativo que le da muchas veces el primer biógrafo. Un heraldo evangélico es, ante todo, un testigo y un enviado, un profeta. En esos mismos sermones, Antonio traza repetidas veces los rasgos del auténtico predicador: es un enviado, un simple portavoz, ministro de la Palabra, la cual posee eficacia en sí misma; ha de basarse siempre en la Palabra de Dios, estudiada, meditada, asimilada; el predicador ha de predicarla primero a sí mismo y después a los demás, nunca en nombre propio, sino siempre en nombre de Dios. Se puede ser predicador eficacísimo también callando… Como Jesús, el hombre del Evangelio ha de ser testigo de la VERDAD, mártir de su propio mensaje. Dejó escrito en uno de sus sermones:

«La verdad engendra odio; por esto algunos, para no incurrir en el odio de los demás, echan sobre su boca el manto del silencio. Si predicaran la verdad tal como es y la misma verdad lo exige y la divina Escritura abiertamente lo impone, ellos incurrirían en el odio de las personas mundanas… Jamás se debe dejar de decir la verdad, aun a costa de provocar escándalo» (Sermones, I, 332).

Así lo hizo él. En el texto latino de sus sermones se percibe, bien que lejanamente, la vehemencia profética con que arremetía contra la prepotencia, la opresión y la violencia, contra todos los delitos sociales del tiempo. Nadie escapa a la libertad evangélica con que denuncia a príncipes, señores feudales, prelados de la Iglesia, dueños burgueses, usureros sin entrañas, magistrados, leguleyos… Todos son citados ante el tribunal del Dios justo y recto, el cual «no hace discriminación de personas», como repite muchas veces. Ante una sociedad estructurada según la desigualdad de la pirámide feudal —príncipes, nobles, plebeyos, siervos de la gleba— él proclama la igualdad entre los hombres:

«Todos los fieles son reyes, por ser miembros del Rey supremo… Cualquier hombre es príncipe, teniendo por palacio la propia conciencia.»

Alza la voz contra los nobles que «despojan a los pobres de sus bienes insignificantes y necesarios, a título de que son sus vasallos». Y contra los prelados y grandes del mundo, los cuales, «después de haber hecho esperar a los necesitados a la puerta de sus palacios, implorando una limosna, una vez que ellos se han saciado opíparamente, les hacen distribuir algunos residuos de su mesa y el agua de fregar».

Se muestra particularmente duro con los ricos avaros y con los usureros, «pajarracos rapaces», «las siete plagas de Egipto», «reptiles al acecho», «árboles infructuosos, que chupan la tierra», «posesión del demonio», «sordos que tienen los oídos taponados por el dinero», «gentuza maldita que infesta la tierra», «raza de hombres cuyos dientes son armas; roban y despojan a los pobres indefensos que no pueden resistirles con la violencia».

La emprende con leguleyos y abogados: «idumeos, sanguijuelas que chupan la sangre de los pobres». «Como los que trabajan en la lana, cardan y tejen sutilezas y argucias» para engarbullar a sus clientes.

No calla los vicios de los pobres, pero trata de excusarlos. Denuncia la marginación a que se hallan relegados, «alejados por medio de estacadas de palos afilados y de espinos, que significan los aguijones, los dolores y las enfermedades que tienen que soportar». Y hace oír su grito de profeta:

«¡Ay de los que poseen depósitos llenos de vino y de grano y dos o tres pares de vestidos, mientras los pobres de Cristo imploran a sus puertas con el estómago vacío y con los miembros desnudos, a los cuales si se les da alguna cosa, es muy poco y no de las cosas mejores, sino todo de desecho!»

«¡Llegará, llegará la hora en que ellos implorarán de pie, fuera de la puerta: Señor, señor, ábrenos!, y oirán lo que no quisieran oír: ¡En verdad, en verdad os digo, no os conozco!»

Defiende el principio cristiano de la función social de la propiedad, en virtud del cual los bienes que no son necesarios al rico para las exigencias fundamentales de la vida, pertenecen al pobre que se halla en necesidad (6).

Un buen conocedor de los escritos del santo ha hecho notar que, mientras son constantes las invectivas contra los delitos de orden social, no se halla mención del pecado sexual. Pero se sabe que, como efecto de su predicación, muchos libertinos de ese desorden se convertían.

¡Ah! Cuánta falta nos hacen predicadores como san Antonio, especialmente en estos días en que hay familias que pierden su patrimonio por no poder pagar la usura de quienes, protegidos por una firma de renombre, cargan de intereses a los deudores pobres y terminan despojándolos de sus bienes. Quiero terminar con una oración tradicional que nos comparte Luis Ángel Rodríguez Patiño:

“¡Oh glorioso san Antonio!, a quien Dios ha elegido como intercesor nuestro en los apuros y pérdidas de la vida material y como protector de los pobres ante los ricos; protégenos con tu favor en todas las necesidades y enredos de nuestra vida, danos sincero amor le los pobres, mucha confianza en Dios y alto aprecio de la vida eterna, a la cual se ordena toda la vida temporal. Amén.”

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