Papa: para ser santo basta cumplir con el propio deber “con el corazón abierto a Dios”

Para ser santo no es necesario gastar todo el tiempo en la oración. Sin embargo, “debe cumplir con su deber durante todo el día: rezar, ir a trabajar, cuidar a los niños. Pero debe hacer todo con un corazón abierto a Dios, de modo que el trabajo, incluso en la enfermedad y en el sufrimiento, aún en las dificultades, esté abierto a Dios. Y así se puede llegar a ser santos”. La santidad ha sido el objeto del cual el Papa Francisco habló a las 15 mil personas presentes en la plaza de San Pedro para la audiencia general, que también dio la ocasión el Papa para volver a apoyar la causa de los inmigrantes.

Después del encuentro, de hecho, Francisco dijo: “Con motivo de que la comunidad internacional celebró ayer el Día Mundial del Refugiado, el lunes pasado he querido conocer a un representante de los refugiados que están acogidos en las parroquias e instituciones religiosas por parte de los romanos. Quiero aprovechar esta ocasión de la jornada de ayer, para expresar mi sincero agradecimiento por la campaña para la nueva ley de migración: ‘yo era extranjero – la humanidad que hace bien’, que cuenta con el apoyo oficial de la Caritas italiana, Fundación Migrantes y otras organizaciones católicas” .

Más temprano, argumentando sobre el tema “Los santos, testigos y compañeros de esperanza” (cf. Hb, 11,40-12,2a), el Papa afirmó que los santos, hermanos y hermanas “mayores”, que nos precedieron con el signo de la fe, están “a nuestro lado” y la santidad es la aspiración de todos los cristianos. “En el día de nuestro bautismo – dijo- se repite para nosotros la invocación a los santos. Muchos de nosotros en ese momento éramos niños en los brazos de nuestros padres. Poco antes de recibir el óleo de la unción bautismal como catecúmenos, símbolo de la fuerza de Dios en la lucha contra el mal, el sacerdote invita a toda la asamblea a rezar por aquellos que están a punto de recibir el bautismo, invocando la intercesión de los santos. Esta es la primera vez que en el curso de nuestra vida, se nos regala la presencia de los hermanos y hermanas “mayores”, que han pasado por nuestro mismo camino, que han vivido nuestras mismas fatigas, y viven para siempre en el abrazo de Dios. La Carta a los Hebreos define esta compañía que nos rodea, con la expresión “multitud de testigos”.(12,1) Los cristianos en el combate contra el mal, no desesperan. El cristianismo cultiva una confianza inquebrantable: no cree que las fuerzas negativas y disgregantes puedan prevalecer. La última palabra sobre la historia del hombre, no es el odio, no es la muerte, no es la guerra. En cada momento de la vida nos asiste la mano de Dios, y también la discreta presencia de todos los creyentes que “nos han precedido con el signo de la fe” (Canon Romano). Su existencia nos demuestra sobre todo que la vida cristiana no es un ideal inalcanzable. Y además nos conforta: no estamos solos, la Iglesia está compuesta de innumerables hermanos, a menudo anónimos, que nos han precedido y que por la acción del Espíritu Santo están involucrados en las vivencias de los que todavía viven aquí abajo.”

“La del bautismo, no es la única invocación a los santos que marca el camino de la vida cristiana. Cuando los novios consagran su amor en el sacramento del Matrimonio, viene invocada de nuevo para ellos- en esta ocasión como pareja- la intercesión de los santos. Y esta invocación es fuente de confianza para los dos jóvenes que parten hacia el “viaje” de la vida conyugal. Quien ama de verdad tiene la necesidad y el valor de decir “para siempre”, pero también sabe que necesita de la gracia de Cristo y de la ayuda de los santos. Por esto, en la liturgia nupcial, se invoca la presencia de los santos. Y en los momentos difíciles, hace falta el valor para alzar los ojos al cielo, pensando en tantos cristianos que han pasado por tribulaciones y han conservado blancos sus vestidos bautismales, lavándolos en la sangre del Cordero (Ap. 7,14). Dios no nos abandona nunca: cada vez que le necesitemos, vendrá un ángel suyo a levantarnos y a infundirnos su consuelo. “Ángeles” que algunas veces tienen un rostro y un corazón humano, porque los santos de Dios están siempre aquí, escondidos en medio de nosotros. También los sacerdotes custodian el recuerdo de una invocación a los santos pronunciada sobre ellos. Es uno de los momentos más conmovedores de la liturgia de ordenación. Los candidatos se echan a tierra, con la cara vuelta hacia el suelo. Y toda la asamblea, guiada por el Obispo, invoca la intercesión de los santos. Un hombre, que permanece aplastado por el peso de la misión que se le confía, pero que al mismo tiempo siente todo el paraíso en sus espaldas, que la gracia de Dios no faltará, porque Jesús permanece siempre fiel, y por tanto se puede partir serenos y llenos de ánimo. No estamos solos.”

“Somos polvo que aspira al cielo. Débiles en nuestras fuerzas, pero potente el misterio de la gracia que está presente en la vida de los cristianos. Somos fieles a esta tierra, que Jesús ha amado en cada instante de su vida, pero sabemos y queremos esperar en la transfiguración del mundo, en su cumplimiento definitivo, donde finalmente no habrá más lágrimas, ni maldad ni sufrimiento. Que el Señor nos dé la esperanza de ser santos. Es el gran regalo que cada uno de nosotros puede devolver al mundo. Que el Señor nos dé la gracia de creer tan profundamente en Él, que podamos volvernos imagen de Cristo en este mundo. Nuestra historia necesita “místicos”. Tiene necesidad de personas que rechazan todo dominio, que aspiran a la caridad y a la fraternidad. Hombres y mujeres que viven aceptando también una porción de sufrimiento, porque se hacen cargo de la fatiga de los demás. Y sin estos hombres y mujeres el mundo no tendría esperanza.”

Antes de salir a la plaza de San Pedro, Francisco recibió en el aula Pablo VI a la delegación de la National Football League (NFI). En un breve saludo, el Papa dijo que “el mundo en que vivimos, y en especial los jóvenes, necesitan modelos, las personas que nos muestran cómo sacar lo mejor de nosotros mismos, para poner en uso los dones y talentos que nos ha dado Dios y, al hacerlo, señalar el camino a un futuro mejor para nuestras sociedades. El trabajo en equipo, el juego limpio y el tender a lo mejor son valores – incluso en el sentido religioso de la palabra – que orientan sus esfuerzos en el campo de juego. Sin embargo, se necesitan con urgencia estos valores fuera del campo, en todos los aspectos de la vida comunitaria. Estos son los valores que ayudan a construir una cultura del encuentro, en el que podamos prevenir y llevar ayuda a las necesidades de nuestros hermanos y hermanas, y luchar contra el exagerado individualismo, la indiferencia y la injusticia que nos impiden vivir como una sola familia humana. ¡Cuánta necesidad tiene el mundo de esta cultura del encuentro!”.

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