“Devolverle la grandeza al planeta”

En un mensaje publicado en Twitter, el presidente francés, Emmanuel Macron, desafió a Donald Trump a “devolverle la grandeza al planeta”. Esta es una de las reacciones de líderes del mundo ante la decisión del mandatario estadounidense de apartarse del Acuerdo de París, argumentado que este es desventajoso para los trabajadores y contribuyentes de su país. El reto de Macron es un parafraseo crítico de la promesa que hizo Trump en su campaña: “Devolver a Estados Unidos su grandeza”. La mordacidad de la frase conlleva la concepción de que el todo es más que la parte: el planeta es más que Estados Unidos. Indica que no hay que obsesionarse por lo particular en menoscabo de la casa común, que siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que puede beneficiarnos a todos.

El Acuerdo de París, suscrito a finales de 2015, asume la prioridad del todo sobre las partes. En este sentido, reconoce que el cambio climático es un mal común, un problema de toda la humanidad —aunque con responsabilidades diferenciadas—, y que al adoptar medidas para hacerle frente hay que pensar global y estructuralmente. En esta línea, declara que “las Partes [los Estados firmantes] deben respetar, promover y tener en cuenta sus respectivas obligaciones relativas a los derechos humanos, el derecho a la salud, los derechos de los pueblos indígenas, las comunidades locales, los migrantes, los niños, las personas con discapacidad, las personas en situaciones vulnerables, el derecho al desarrollo, así como la igualdad de género, el empoderamiento de la mujer y la equidad intergeneracional”. De ahí, que el objetivo del acuerdo sea “reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, en el contexto del desarrollo sostenible y de los esfuerzos por erradicar la pobreza”.

El Acuerdo contempla limitar el aumento global de la temperatura muy por debajo de 2 grados Celsius con respecto a los niveles preindustriales y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 grados. Según el documento, esta medida reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático. Otras disposiciones están orientadas a limitar la cantidad de gases de efecto invernadero al nivel de lo que los árboles, suelos y océanos pueden absorber naturalmente. Asimismo, se busca que los países más ricos ayuden a las naciones más pobres, proporcionándoles “financiamiento climático” para que adopten energías renovables. Por eso, que el Gobierno de Estados Unidos renuncie a estos compromisos es una injusticia climática: mientras otros países (pobres) con menos incidencia en la contaminación ambiental contribuyen al control global de la temperatura, uno de los países más contaminantes y depredadores de recursos elude sus responsabilidades.

Unos meses antes del Acuerdo de París, el papa Francisco publicó Laudato si, su carta sobre el cuidado de la casa común. Ahí el obispo de Roma señala que a la sociedad actual le hace falta la conciencia de un origen común, de una pertenencia mutua y de un futuro compartido por todos. Y exhorta a proteger nuestro planeta, a unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, a confiar en que la humanidad aún tiene la capacidad de colaborar para construir, cultivar y cuidar nuestro hábitat. En ese marco, recuerda “que hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático”. Y explica “que la mayor parte del calentamiento global de las últimas décadas se debe a la gran concentración de gases de efecto invernadero (dióxido de carbono, metano, óxidos de nitrógeno y otros) emitidos sobre todo a causa de la actividad humana”. En consecuencia, “la humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan”.

Trump visitó hace unas semanas al papa Francisco. En esa ocasión, el pontífice le entregó, entre otras cosas, la encíclica Laudato si. Está claro que cuando Trump decide poner su Gobierno fuera del Acuerdo de París no está animado por el pensamiento del papa, sino por intereses económicos exacerbados. Si Trump hubiese leído la encíclica, sabría que la reducción de gases de efecto invernadero requiere honestidad, valentía y responsabilidad, sobre todo, de los países más poderosos y más contaminantes. A lo mejor hubiese dejado más tiempo para la decisión, al saber, como lo denuncia la encíclica, “que muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse, sobre todo, en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando solo de reducir algunos impactos negativos del cambio ecológico”. Habría caído en la cuenta de que las negociaciones internacionales para el cuidado de la casa común se estancan “por las posiciones de los países que privilegian sus intereses nacionales sobre el bien global.

Si Trump se hubiese dejado inspirar y guiar por la letra y espíritu de Laudato si, sabría que vivir en un mundo interdependiente “no solo implica que las consecuencias perjudiciales de ciertos estilos de vida, producción y consumo nos afectan a todos, sino principalmente procurar que las soluciones tengan una perspectiva global y no solo en defensa de los intereses de algunos países. La interdependencia nos obliga a pensar en un proyecto común”. En definitiva, Trump comprendería que devolverle la grandeza al planeta es condición de posibilidad para pensar en “devolver a Estados Unidos su grandeza”.

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