La depresión y la religiosidad: ¿cómo influyen una en otra?

Una silenciosa epidemia está asustando a científicos de todo el mundo. Se calcula que sólo en Brasil 10 millones de individuos padecen la enfermedad considerada el “mal del siglo XXI”.

Estamos hablando de la “depresión”, un trastorno que, según la Organización Mundial de la Salud, está evaluada como una de las enfermedades más caras para la sociedad, pues el consumo de antidepresivos en el país mueve alrededor de 140 millones de dólares al año, además de los perjuicios derivados de la pérdida de productividad y las bajas laborales, sin contar los costos del sufrimiento humano que no pueden medirse.

Se calcula que debido al desconocimiento de las personas sobre el tema, solamente 1 de cada 4 individuos con depresión tiene conocimiento del trastorno que lo aflige y logra buscar ayuda. Es decir, el 75% de las personas con depresión no saben que están enfermas y por eso sufren sin un tratamiento adecuado, presentando pérdida de autoestima y de capacidad de concentración, lo que lleva a dificultades profesionales y familiares.

Es natural que las atribuciones del día a día, los aciertos y errores, los problemas comunes en el trabajo y las relaciones causen variaciones temporales en el humor de un individuo. Es normal también y hasta esperado que un individuo se quede algunos días sin ánimo y triste tras perder a un ser querido o que un examen vaya mal. Eso, sin embargo, no significa que la persona esté con depresión. Vivir y lidiar con estos periodos de tristeza o de luto forman parte del desarrollo de la personalidad humana.

Mientras tanto, en ciertos individuos ocurren algunas alteraciones químicas en el cerebro – sustancias responsables por la alegría y el equilibrio del humor -, pues la serotonina, la noradrenalina y la dopamina están en desequilibrio y eso desencadena la depresión: un estado anímico afligido y triste, que no están directamente relacionados a experiencias tristes.

Las personas con depresión se sienten infelices la mayor parte del tiempo, presentan un disminuido interés o pérdida de placer para realizar actividades de rutina (estado conocido como anhedonia), sensación de inutilidad o culpa excesiva, dificultad para concentrarse, fatiga o pérdida de energía, trastornos de sueño (tanto insomnio como sueño excesivo), pérdida o ganancia significativa de peso, incluso una alteración en la alimentación, así como ideas recurrentes de muerte o suicidio.

Conocer estos síntomas es importante para que el individuo pueda salir del grupo de los 75% de desconocedores de la enfermedad y logre buscar un tratamiento que consista en psicoterapia y, en los casos graves, en el uso de medicamentos conocidos como antidepresivos.

Es importante resaltar, finalmente, que diversos estudios e investigaciones científicas están evidenciando la importancia de la religiosidad en la prevención de la depresión. Un interesante trabajo publicado en el Journal of Adolescent Health, en 2005, demostró lo siguiente: individuos que dicen tener una religión y frecuentan las celebraciones religiosas (como la misa) presentan menos depresión y menos comportamientos de riesgo a la salud (como el consumo de sustancias ilícitas). Tales estudios sugieren que la religiosidad promueve la resiliencia (capacidad de lidiar con situaciones adversas) y los hábitos de vida más seguros, lo que interfiere positivamente en la salud mental de la persona.

Un estudio publicado en el periódico Jama Psychiatry, en 2013, realizado en la Universidad de Columbia (EUA), con 103 personas de entre 18 y 54 años, demostró que los individuos con probabilidades de desarrollar depresión tiene el espesor de la corteza cerebral más delgado, mientras que las personas religiosas, por ello con menor riesgo de depresión, tienen un espesor más grueso.

Trabajos anteriores ya han demostrado que personas con predisposición genética a la depresión que son religiosas pueden tener un riesgo menor de hasta el 90% de desarrollar el trastorno que las no religiosas.

Nótese que son datos ofrecidos por la ciencia experimental y no por la fe.

Vanderlei de Lima es ermitaño en la diócesis de Amparo; Igor Precinoti es médico, post graduado en Medicina Intensiva (UTI), especialista en Infectología y doctorando en Clínica Médica por la USP.

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