Qué significa (ahora) ser mujer venezolana

Las venezolanas éramos un sinónimo indiscutible de belleza. Fue una fama ganada, básicamente, con los concursos de belleza. Siete coronas de Miss Universo lo confirman.

Pero más allá de lo estético, era difícil escuchar algo más de nosotras. La actual situación política, quiero pensar, ha cambiado un poco esto. Se ha descubierto a la madre luchadora que hace hasta lo imposible para alimentar a su hijo, a la abuela que se mantiene digna ante la adversidad, la hija que saca fuerzas donde no las tiene para no preocupar (más) a sus padres, la valiente que se enfrenta a una tanqueta militar por defender su libertad.

La verdad es que ser mujer en esta Venezuela no es fácil. Con esto no quiero decir que los hombres no tengan unos desafíos iguales o mayores que los de nosotras, pero ésta es la perspectiva desde la que mejor puedo hablar.

También sé que, dentro de todo, yo estoy en una situación “privilegiada”, pero trataré de hacer mi mejor esfuerzo para explicarles con base en mi experiencia, la de las mujeres que me rodean y las que escucho en la calle cuando a veces me toca hacer, como a muchas, una fila de tres horas por aceite de cocina o un jabón de lavar la ropa (si se consigue).

La idea de cuidar nuestro aspecto físico sigue allí como un gen cultural, pero no es nuestra prioridad. Se nota en los salones de belleza, que ya no están repletos como en otros tiempos (antes, ir una vez a la semana para alguien de clase media era la cosa más normal del mundo) y hemos tenido que aprender a arreglarnos nosotras mismas.

Los artículos de farmacia se han convertido en los nuevos productos de lujo. Una base de maquillaje promedio puede costar, por ejemplo, la mitad de un sueldo mínimo. Perfumes de marca son una quimera asequible para las clases altas y aquellos que tienen sueldos extraordinariamente altos (poco comunes), así que con fortuna en la calle lo que puedes oler es una buena colonia de bebé o un splash de imitación de Victoria’s Secret.

Aun así, la mujer venezolana se rebusca, le pide a su familia en el extranjero que le mande algo (porque cada día somos más los que tenemos a alguien en Panamá, Chile, Estados Unidos o España) y experimenta con las marcas nacionales, que a veces tienen productos muy buenos y no tan costosos.

Comprar ropa es casi misión imposible. Una blusa puede costar el sueldo promedio de dos meses como económico. Les pongo un ejemplo: hace un par de días vi una camisa en Zara en 159.000 Bs y el sueldo mínimo es 40.000 Bs. ¿Cómo hacemos? Ya no se bota o dona la blusa cuando se ve medio viejita; uno busca cómo arregarla, le pone parches a los pantalones y a veces hasta se sale a la calle con un huequito que uno trata de disimular.

Si esto es sólo con la vestimenta y el maquillaje, imaginen lo que sería pensar en comprarse un auto o un apartamento. La independencia económica para una mujer soltera es una acrobacia digna del Cirque du Soleil.

Sé que por ahora sólo les he hablado de lo externo, pero eso también ha tenido una repercusión en lo interno. A las venezolanas, sin importar la clase social, siempre nos ha gustado estar arregladas y cada día es menos posible, lo que tiene también un impacto en nuestra autoestima y da una sensación de frustración a la que no estábamos acostumbradas.

No se trata de que seas más o menos porque lleves maquillaje o un lindo vestido, pero es algo que inconscientemente te hace sentir mejor y puede llegar hasta afectar tus relaciones con el sexo opuesto.

Con respecto a las parejas, la crisis ha llevado nuevas tensiones al hogar. Por ejemplo, convertirse en madre es una decisión que se piensa más de 5 veces y a veces, lamentablemente, hasta se descarta aunque se quiera.

Tener un hijo tiene un costo económico demasiado alto (empezando por la clínica privada porque los hospitales públicos no tienen insumos) y, aun teniendo dinero, pueden pasar meses en los que no llega ni un paquete de pañales o una vacuna y tendrás que depender de un servicio de envío internacional.

Toca ser consejera de la familia, la administradora en el supermercado, la señora de servicio (porque pagar una, si quiera una vez a la semana, ya no es tan viable, así que toca hacer la mayoría del oficio, aunque además se trabaje en la calle, en una oficina o en donde corresponda), la amante, la amiga y todo eso que en general la mujer es, pero en medio de una profunda crisis y una inseguridad igual o peor que la de un país en guerra.

Aun así, muchas seguimos aquí. Nos han golpeado el orgullo de todas las maneras posibles y aprendimos a levantarnos. Se reforzó nuestra fe y la importancia de los valores en una sociedad que quiere ser próspera.

Creo que la mayoría hemos aprendido a cultivar más nuestra vida interior y a darle más valor a otras cosas, desde las que podrían parecer simples (un buen plato de comida en la mesa, el tiempo en familia o un abrazo de consuelo) hasta las más complejas que vienen ligadas con el mundo político y el sentido de democracia.

Sé que nuestro género libra diferentes luchas en cada país, pero espero que la de las venezolanas inspire a otras naciones, sobre todo de Latinoamérica, a valorar todas esas cosas que, lamentablemente, nosotras nos vimos forzadas a hacer en estas terribles circunstancias.

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