Breve disertación sobre el ingreso a la vida religiosa

Hace un año, para estas fechas, estaba preparando la presentación de la tesina que me daría el título de master en filosofía. Tiempo atrás me vislumbraba siendo profesor de asignaturas de la rama de humanidades en alguna de las universidades jesuitas de México. Sin embargo el Provincial me escribió para notificarme que mi próximo destino, al regresar a mi país, sería integrarme al Equipo de Vocaciones. ¿No sé si les he comentado que soy un hombre acostumbrado a obedecer? Bueno, pues en estas ando desde mi retorno.

En la mayoría de las ordenes y congregaciones religiosas ha habido un bajón en el número de vocaciones, si comparamos con las entradas que había hace 60 años. El mundo ha cambiado y las sociedades también. Hoy los números de ingresos a la vida religiosa han decaído en algunos lugares de América y Europa. En cambio, en otras partes han aumentado, por ejemplo, en Asia (India, Vietnam, Corea) y en algunas regiones de África. Antes, las familias católicas eran numerosas y no era de extrañar que algún hijo o hija optara por entrar al convento. Hoy las familias son de pocos hijos. También, si alguien deseaba irse a algún lugar remoto y prestar un servicio a los más pobres, la mejor vía (y a veces la única) era la vida religiosa. En la actualidad, si alguien quiere ser voluntario en África, en América Latina o en Asia, no requiere que haga un compromiso de por vida, obedezca a un superior y empeñe su celibato, su pobreza y viva en comunidad, basta con que se inscriba en una ONG. Así puede ir, sin muchas complicaciones, estar un tiempo y regresar a desarrollar otras actividades.

En México, los ingresos a la Compañía de Jesús fluctúa entre 4 a 10 jóvenes que entran al noviciado por año. No serán muchos, pero sí hay una gran calidad en la vocación de estos chicos. Mi trabajo consiste en ser una especie de cadenero, es decir, esos tipos que se encuentran a la entrada de un bar o antro (lugar nocturno donde acuden los jóvenes a beber y a bailar). El cadenero selecciona a la gente y les permite entrar. Si se le increpa, el cadenero responde: nos reservamos el derecho de admisión. En resumen este es mi papel en cuestiones vocacionales. Muchos jóvenes acuden a nosotros con deseos de ser jesuitas. La mayoría pregunta a través de correo electrónico o por las redes sociales (Facebook, Twitter e Instagram, principalmente). Habiendo hecho el contacto, comenzamos a solicitar una ficha con sus datos y a invitarlos a diferentes actividades que tenemos en el transcurso del año (retiros, misiones, ejercicios espirituales). También, procuramos visitarlos en sus ciudades de origen y conversar sobre los motivos de su inquietud. Aquí es donde comienzan los candados y los filtros.

Hace poco conversaba con un compañero de otro país con quien comparto el mismo giro apostólico. Me contaba que hace poco le había escrito un tipo a quien Dios se le había revelado entre una serie de efectos especiales luminosos y con voz potente le había ordenado a que ingresara a la Compañía de Jesús. Estamos de acuerdo que si alguien tiene trastornos mentales, de esos que alteran la percepción de la realidad, bien puede escuchar voces y acudir a la oficina de vocaciones para, con vehemencia, afirmar que el Señor de los Ejércitos lo ha enviado para iniciar una nueva cruzada ante el mundo. Bueno, pues aquí comienza mi trabajo como cadenero.

Quizá exagero un poco, pero expongo el caso anterior para decir que si quisiéramos, el noviciado estaría a reventar. Siempre y cuando no pusiéramos filtros. Ahora, ¿qué tantos filtros hay que poner a quien desea ingresar a la vida religiosa? Aquí vienen una serie de dilemas, pues de alguna manera hay una apuesta por alguien que desea entrar y en algunos casos, hay una apuesta de hacer esperar al sujeto para que pula y trabaje aspectos de su persona que, de continuar con su proceso vocacional, le ayudará para las siguientes etapas de incorporación y formación a la Compañía.

En resumen, el trabajo de promotor vocacional es buscar y encontrar a jóvenes con inquietud vocacional que, en palabras del Papa Francisco, huelan a oveja, también a biblioteca y a futuro. Más que el despliegue mercadotécnico que podamos tener los jesuitas para atraer vocaciones (y vaya que lo hacemos), he descubierto que es el Señor quien sigue generando inquietud en jóvenes (algunos procedentes de nuestras obras, otros provenientes de lugares donde hace siglos no ha pasado un jesuita), para que inviertan su existencia en el servicio con los demás, especialmente con los que viven en situaciones de desventaja, ayudando a la Iglesia en su misión de ser Esperanza en el mundo y puente de diálogo y solidaridad entre las personas, a través de la vida religiosa. Sigue siendo Dios quien detona el hambre de la experiencia religiosa. Y sigue habiendo jóvenes que se encuentran con esta perla, con este tesoro escondido, y están dispuestos a venderlo todo para comprar este terreno, como dice la parábola del Evangelio ( Mt 13, 44). No es fácil el trabajo de promover vocaciones, es difícil decirle no a alguien. Y a veces hay que hacerlo. Pero, por otra parte, es hermoso ser testigo de cómo el Creador suscita en su criatura el deseo de entregarlo todo y apostar la vida por el Reino. Es hermoso ver cómo se le remueven las entrañas al joven cuando, en Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, capta que un llamado desde lo Alto le dice: “no sabes lo que Dios haría de ti, si te pones enteramente en sus manos”. Acompañar a jóvenes en estos caminos es, en síntesis, de lo que se trata mi chamba (trabajo) en estos últimos meses. Ruego sus rezos ante tal misión.

@elmayo

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