To Kyma. Rescate en el mar Egeo: Necesitamos que nos salven

Según ACNUR, en 2015 murieron ahogadas 4000 personas en el Mar Mediterráneo, mientras intentaban cruzar a Europa. Este documental nos muestra la lucha de una pequeña ONG de muy reciente creación, PROACTIVA Open Arms, para salvar vidas en una de las zonas de paso de los refugiados desde Turquía: la costa de la Isla de Lesbos, en Grecia.

To Kyma. Rescate en el mar Egeo (2016) dura poco más de 50 minutos, pero procura una experiencia intensa y necesaria para el occidental medio. Como los mismos socorristas explican, “para Europa los refugiados no son más que números, no son más que dinero que le van a tener que pagar a Grecia y a Turquía”.

Las imágenes a las que asistimos como espectadores nos hacen atisbar el drama que se está jugando a orillas de nuestra civilización, mientras nuestras administraciones se dedican burocratizar el problema reduciéndolo a números, recursos y a la gestión de los mismos.

Todo el metraje clama ante la injusticia manifiesta y ante la indiferencia de los que nos gobiernan. Muestra la inhumanidad de las mafias turcas e internacionales, que cobran 1200 Euros por cabeza para hacer una travesía en botes en condiciones precarias y con sobrecarga de tripulantes, muchos de ellos bebés y niños.

Nos muestra la inexistencia de recursos gubernamentales para rescatar a los inmigrantes del agua en los más que habituales naufragios. Nos muestra la impotencia de unos hombres y mujeres que han decidido moverse, hacer el petate en Cataluña y hospedarse en el Hostal “To Kyma”, al borde del mar, para colaborar en este salvamento del pueblo por el pueblo, como ellos mismos afirman.

No son extraños, son personas. No son meras cifras, son historias sufrientes que buscan una vida mejor. Escuchamos: “Cuando empiezas a recoger niños del agua, te das cuenta de que no te puedes ir de aquí”.

Los profesionales de esta organización no gubernamental empezaron su aventura en Lesbos por iniciativa personal, sin otros recursos que los propios y usando los restos de los desembarcos ilegales para construir embarcaciones de salvamento. Pero las noticias de lo que hacen ha posibilitado que la sociedad civil se movilice y les apoye, les dé fondos para comprar equipos y trabajar en condiciones de no dejar morir a más gente.

Las fotografías que se suceden recuerdan a la guerra. Roquedales sembrados de salvavidas, mujeres embarazadas con hipotermia, bebés rescatados del mar, niños tiritando y ateridos, hombres luchando por sobrevivir, intentando, sin fuerzas para ello, agarrar una mano que los suba a una lancha.

Y, en mitad de esa epopeya anónima, los voluntarios de la isla, un médico palestino que llora cuando no puede reanimar a un ahogado, y estos héroes y heroínas de rojo que se saben más vivos enfrentando la realidad y no escondiéndose en la lógica de las estadísticas y otros conteos.

Hacia el final, una micro-historia que nos recuerda a la niña de rojo en La lista de Schindler (1993), película en blanco y negro. Tras 5 horas en el agua, en uno de los masivos naufragios, uno de estos incansables chicos del neopreno nos cuenta cómo ha procurado, por todos los medios, sacar a un hombre enorme del agua. Tras muchos intentos y viendo que no lo conseguía por mucho que lo intentaba, ante la gran cantidad de náufragos pidiendo auxilio (muchos de ellos niños), lo ha dejado atrás.

En el segundo día de rescate, al llegar de vuelta a tierra, en Molivos, vemos todavía el rostro atribulado del socorrista, que no se puede quitar de encima la mirada de pánico de aquel hombre al que abandonó en el agua.

Con todo el peso del cansancio y de la culpa sobre él, alguien le viene a dar las gracias por lo que ha hecho: es un amigo del hombre al que dejó flotando, que parece que ha sobrevivido gracias a que lo izaron con una grúa desde un pesquero. Cuando se encuentran vemos dos rostros iluminados por la gratitud. Se convierten en una especie de emblema del año de la misericordia.

Después de ver este palpitante documental se hace difícil no coger un avión hacia aquellas latitudes. Porque, como ha señalado el Papa Francisco visitando Lesbos, es en las orillas de Italia y de Grecia donde se juega ahora la partida por el destino de Europa. Es una batalla, sí, pero no contra otra civilización, sino contra la decadencia de la nuestra, insensible y exánime ante las dantescas imágenes de las vidas humanas que se pierden y de los cadáveres en las playas.

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