Francisco nombra cinco cardenales para repensar la humildad

Francisco nombra cinco cardenales para repensar la humildad

Por Felipe MONROY |

No se puede ser más directo. El mensaje enviado por el papa Francisco con la sorpresiva creación de cinco cardenales este 21 de mayo es repensar la humildad que deben exigirse todas las estructuras católicas, incluida aquella compuesta por quienes la tradición ha llamado “los príncipes de la Iglesia”.

Vamos por partes. En principio, el Colegio de Cardenales es una estructura exclusivamente al servicio del Papa. Al leer detalladamente los diez artículos del Código de Derecho Canónico que explican su conformación y su horizonte de funciones es claro que pertenecer a dicho colegio implica más una serie de servicios, responsabilidades y obligaciones, pero realmente pocos privilegios. Es más, las ‘potestades’ conferidas están pensadas básicamente para dar servicios especiales al Papa, como aquella de estar exentos a la potestad de los obispos cuando se encuentran en territorio de estos (un obispo o sacerdote, por el contrario, al estar en territorio de otro obispo debe respetar y someterse al régimen del titular territorial; regulación a la que no están sujetos los cardenales).

Sin embargo, la singularidad de los servicios (como el elegir de entre ellos al Papa) y estos particulares privilegios canónicos crearon, entre la grey y la cultura occidental, una idea casi absoluta sobre los cardenales: su dignidad púrpura representa el más alto escalafón de privilegio en la estructura católica y, por ello, sus miembros debían provenir de diócesis de abolengo, de grandes urbes, de gran notoriedad internacional.

Bien dicen que en la cuna se bebe la tradición; y para la Iglesia católica, la tradición de la cuna cardenalicia parecía inalterable. Las reglas no escritas para integrar a los purpurados del Papa parecían ley absoluta en la práctica; tanto, que prácticamente había una ruta indispensable que debían cumplir los ministros antes de elegidos: la cercanía con Roma (por vecindad o formación), donaire en los ministerios asignados y, principalmente, la fuerte representación de una sede metropolitana, patriarcado o  linaje histórico que los respaldara.

Pero Jorge Mario Bergoglio dio muestras de un cambio sustancial desde los primeros cardenales que creó en 2014: obispos de las periferias no de las grandes ciudades económicas y políticas del mundo; pastores de comunidades católicas del hemisferio sur y de las tierras que, alguna vez, fueron arrasadas por el colonialismo europeo en África, Asia, Centroamérica o el Caribe.

El papa Francisco inició una tendencia para elegir cardenales de los rincones menos esperados del orbe: países que la mayoría de la gente desconoce siquiera dónde se encuentran, localidades sin prosapia ni poderío de ninguna especie, comunidades católicas que nunca hubieron tenido un cardenal y nunca lo hubieron imaginado. Pero, a juicio del pontífice, lugares cuyo ejemplo de vitalidad cristiana algo tiene que decirle al mundo y al avejentado corazón romano.

Los últimos cinco purpurados de Bergoglio continúan esta lógica: El Salvador, Suecia, Mali y Laos nunca hubieran pensado que uno de los suyos les representara en el exclusivo colegio de cardenales. Pero hay que detenerse un poco en el especial caso de Gregorio Rosa Chávez, obispo auxiliar de San Salvador, quien el próximo 28 de junio recibirá el birrete cardenalicio.

Es un tremendo cambio de paradigma que un obispo auxiliar (no un obispo residencial ni un arzobispo ni un metropolitano) sea elevado a cardenal porque su nombramiento exige una serie de enormes actos de humildad y fraternidad. El primero, de José Luis Escobar Alas, el arzobispo de San Salvador, está obligado a mostrar una humildad tremenda al abrazar y respetar a su propio auxiliar como un cardenal de mayor rango en la Iglesia universal; pero también, Rosa Chávez, deberá mantener, a pesar de su altísimo cardenalato, una humildad ejemplar para continuar en fraterno servicio al arzobispo que sigue siendo el responsable del gobierno de la diócesis salvadoreña.

La “ejemplar humildad” es el mensaje que Francisco envía con claridad meridiana al colegio cardenalicio, a sus primeros consejeros, al grupo de hombres que elegirán al próximo pontífice, pero también a todas las estructuras de la Iglesia católica, desde las más encumbradas hasta las más débiles y mínimas. Diría el genial Miguel de Cervantes: “Tú sabes que la humildad es la base y fundamento de todas virtudes, y que sin ella no hay alguna que lo sea. Ella allana inconvenientes, vence dificultades, y es un medio que siempre a gloriosos fines nos conduce; de los enemigos hace amigos, templa la cólera de los airados y menoscaba la arrogancia de los soberbios; es madre de la modestia y hermana de la templanza; en fin, con ella no pueden atravesar triunfo que les sea de provecho los vicios, porque en su blandura y mansedumbre se embotan y despuntan las flechas de los pecados”.

@monroyfelipe

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