El misterioso aceite de los huesos de san Nicolás

La Cuaresma y el Domingo de Pascua han pasado, pero en algunas partes del mundo ya están pensando en el Adviento y la Navidad.

En Bari, en la costa sudeste de Italia, la recolecta de un aceite que rezuma de las reliquias de san Nicolás se inicia el 9 de mayo. San Nicolás, por supuesto, es el prototipo de Santa Claus, y su día festivo es pocas semanas antes de la Navidad.

Aunque sus huesos fueron devueltos hace mucho tiempo a Mira, al sur de Turquía, los peregrinos siguen acudiendo a Bari para venerar a san Nicolás y para recoger el aceite, conocido como ‘maná de san Nicolás’.

Supuestamente, la sustancia aceitosa tiene poderes curativos, aunque en algunos momentos de la historia se llegó a usar para propósitos perversos.

En los años posteriores a la muerte de san Nicolás de Mira en el 346, se decía que su tumba en Mira desprendía un olor dulce y que supuraba un líquido que curaría a aquel que lo tocara.

La conquista de Turquía por los turcos selyúcidas en 1071 motivó a los devotos a transportar sus huesos a territorio cristiano. En 1087, un grupo de marineros robó las reliquias y las trajeron a Bari. Más tarde, las reliquias fueron sepultadas de nuevo en una basílica construida en honor del santo.

Según Atlas Obscura, la nueva tumba de mármol también empezó a rezumar un líquido de olor dulce. Se empezó a conocer como el ‘maná de san Nicolás’.

En general, se creía que este maná —descrito por los antiguos registros como un aceite, pero que más recientemente ha resultado ser agua— curaba todo tipo de dolencias. Durante cientos de años, el maná se ha seguido recolectando y, mezclado con agua bendita, se embotella en pequeñas ampollas de cristal con iconos del santo, que se venden a los peregrinos.

Los huesos y la producción de maná continuaron como un milagro constante hasta 1953, cuando las obras de restauración de la basílica exigían mover las reliquias. Se permitió la realización de un estudio dirigido por Luigi Martino, profesor de anatomía humana de la Universidad de Bari. Cuando abrieron la tumba, descubrieron que el esqueleto incompleto reposaba en un charco superficial de líquido.

Los estudios desvelaron que los huesos pertenecían a un hombre delgado de unos 70 años, lo cual coincidía con la historia tradicional de san Nicolás, que fecha su muerte a los 74 años. Las reliquias fueron depositadas en una sábana de lino, donde se siguió acumulando humedad durante la realización del estudio. Al final de las obras en 1957, los huesos fueron devueltos a su osario, donde continuaron supurando maná.

Atlas Obscura afirma que hay muchas historias sobre la posible causa del maná, incluyendo la acción capilar de la tumba de piedra que absorbería el agua subterránea o del mar y la redistribuiría por la tumba.

Sin embargo, el aceite milagroso se hizo tan famoso, con unas botellitas de maná que llegaban a todos los rincones del mundo cristiano, que llegó a servir como una tapadera para un tipo de líquido muy diferente, destinado a matar y no a sanar. En el siglo XVII, una mujer siciliana llamada Teofania de Adamo desarrolló un veneno que vendía en el mercado negro, sobre todo a mujeres que buscaban una salida fácil a matrimonios desastrosos. De Adamo logró eludir a las autoridades y vertió en secreto el veneno en pequeñas botellitas con la imagen de san Nicolás. La ponzoña, conocida como Acqua Toffana (nombre derivado de la autora del veneno) supuestamente era una mezcla de arsénico, plomo y belladona.

“Se vendían viales de este sigiloso veneno a las señoras de Roma y Nápoles con intenciones de despachar a maridos inapropiados”, señala Atlas Obscura. “Antes de ser ahorcada por sus crímenes —acusada de ayudar a matar a unas 600 personas—, supuestamente pasó la receta mortal a su hija, que continuó distribuyendo el veneno camuflado en inocentes ampollas de delicado cristal decoradas con imágenes de san Nicolás de Bari”.

De hecho, la sustancia venenosa también llegó a conocerse como ‘Manna di San Nicola’, según Wikipedia.

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