The Leftovers – Temp. 3: Bienvenidos al fin del mundo

Desde el principio de su andadura en la HBO, los responsables creativos de The Leftovers, Damon Lindelof y Tom Perrotta, aclararon que no tenían la intención de explicar el mayor misterio de la serie: la súbita desaparición de un 2% de la población mundial. Lindelof aprendió (a las malas) durante su andadura en Perdidos que, en el fantástico, funcionan mejor las preguntas –que incitan a la reflexión, a las teorías locas– que las respuestas –que, inevitablemente, siempre dejan insatisfecho a alguien–.

Y, de todas maneras, en realidad The Leftovers no trata sobre la llamada “Ascensión”, sino sobre sus consecuencias, sobre la insalvable cicatriz emocional que deja en una sociedad conmocionada, que intenta, a duras penas, asimilar la pérdida y seguir adelante con ese vacío en el corazón.

De ahí que la primera temporada –la que adaptaba la novela original de Perrotta en la que se inspira la serie– se centrara, ante todo, en el proceso de duelo y en cómo, cada persona, intenta afrontarlo, ya sea conviviendo con él o dándole la espalda.

En cambio, en la segunda tanda de episodios, Lindelof y Perrotta optaron por hablar de la fe y de la esperanza, y sobre el hecho de que no se sostienen –o no deberían sostenerse, pues entonces se tornan peligrosas– sobre el convencimiento, sino sobre la duda, sobre el cuestionamiento. Lo que nos lleva a la tercera y última temporada, que se fija en las escrituras bíblicas para plantear la posibilidad de que se avecine un diluvio universal que borre para siempre la sociedad post-“Ascensión”…

Sólo que, de nuevo, la trama fantástica de fondo –que se centra en los esfuerzos del padre del protagonista, Kevin Garvey Sr. (Scott Glenn), para evitar la catástrofe en tierras australianas, lo que arrastra allí al resto de protagonistas– es lo de menos.

Lo importante es que empuja a un grupo de personajes que, en los primeros episodios, dan la sensación de haber alcanzado un cierto equilibrio –de hecho, la trama arranca tres años después del último capítulo–, a afrontar de verdad sus demonios interiores, a aceptarse a sí mismos y a los que les rodean, y a superar, sin eludir el dolor ni la frustración, las pérdidas que han vivido durante el desarrollo de la trama de la serie.

A ello ayuda el hecho de que, salvo los primeros episodios, la mayor parte de la acción de esta tercera temporada de The Leftovers se ambiente en la Australia profunda, pues rompe su habitual ambientación urbana, y dota al metraje de una cierta extrañeza, de un matiz especial que refuerza la sensación de excepcionalidad de la situación planteada.

Pero, sobre todo, al sacar a sus protagonistas de contexto –y no sólo en lo físico: también en lo emocional–, Lindelof y Perrotta les obligan a hacerse más conscientes de sus propias limitaciones y sus mecanismos de defensa. Quizá por ello también reiteran, respecto a las anteriores temporadas, determinadas estructuras argumentales y narrativas: porque representan también los bucles emocionales en los que todos ellos, sin darse cuenta, han acabado atrapados.

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