Papas confundidos por el género “fluido” de sus hijos

“Mi hijo tiene 9 años y es de género fluido” es el título de un artículo que salió el 22 de marzo pasado en La Stampa. Una madre cuenta al diario la experiencia de su hijo, un niño que prefiere jugar con muñecas, lleva el pelo largo, ama los vestidos de su hermana, “viste camisetas rosas, bailarinas relucientes cuando no está subiéndose rápidamente por las paredes del parque”.

La señora Camilla es madre de tres hijos y vive en Florencia, ha abierto desde hace poco un blog “Mio figlio in rosa” donde habla de su familia:

“Una familia normal (…) Nada más normal si no fuera por mi segundo hijo que quisiera ser (también) una niña a pesar de ser biológicamente un niño. Ha sido aceptado, desde el principio, por lo que es, porque ninguno de nosotros ha visto nada de malo”.

El artículo termina con un video, compuesto de imágenes y palabras en donde la mamá explica: “Él me ha mirado y me ha dicho: ‘Mamá, ¿cuándo podré empezar a ser niña?’”. Y luego: “No tenía aún los dos años, y mientras estaba limpiando los armarios, vio que en ellos habían vestidos de su hermana de cuando ella era pequeña – que entre otras cosas no se había puesto porque me gustaban sólo a mí, por eso se habían quedado siempre en el armario – vio estos vestidos y se iluminó y desde entonces ha estado siempre y sólo con esos vestiditos”.

La periodista Alessandra Di Pietro preguntó a la señora Camilla cuáles eran los pensamientos que alberga para el futuro de su hijo y la mamá respondió que desea luchar para que su hijo y otros niños como él “puedan tener un camino de crecimiento acompañado y seguro”. Así afirma en la entrevista:

“Para las personas de género fluido y transgénero es salvífico un protocolo de administración de bloqueadores, que regularmente ya se usan para la pubertad precoz. Se trata de inhibidores del hipotálamo que bloquean la producción de las hormonas y retrasan la llegada de la pubertad que es cada vez más precoz, dejando un tiempo para madurar la decisión respecto a la propia transición hacia el sexo al que se siente pertenecer sin la presión psicológica de un cuerpo que cambia que puede inevitablemente llevar a comportamientos distróficos. Ese protocolo fue creado en Holanda y es utilizado en muchos países del mundo, en Italia, por desgracia, es admitido sólo en caso de peligro de vida, o si el muchacho, desesperado, ha intentado suicidarse”.

Conscientes de la seriedad y la delicadeza del tema, a menudo tratado por los periódicos y diarios con superficialidad, a veces para hacer de ello una bandera ideológica, hemos llamado a la doctora Daniela Notarfonso, directora del Centro Familia y Vida de Aprilia, Consultorio de la Diócesis de Albano, para comentar con ella el artículo.

“Lo que me ha impresionado de esta historia es sobre todo un aspecto: la mamá, para defender al hijo de los estereotipos de género es como si le impusiera otro estereotipo, afirma en pocas palabras que como el niño se viste de rosa, o tiene el pelo largo, esto quiere decir que es de género fluido. Me parece un pasaje apresurado, sería necesario partir de una realidad concreta: el niño debe ser cuidado, protegido, acompañado, no imponerle una etiqueta, y al decir “mi hijo es de género fluido” corre el riesgo de serlo. Para quitarle una etiqueta se le pone otra que es aún más definitiva”.

Y sigue la doctora: “Cuando mis hijos iban a la guardería me acuerdo que el espacio de la cocina estaba llenísimo: todos, niños y niñas, se peleaban por estar ahí, pero esto no se reflejaba en un discurso respecto a su identidad sexual. No formalizaría en el aspecto exterior, en las cuestiones externas, formales, el color rosa para las niñas y el azul para los niños, a mi hija no la vestí de rosa porque es un color que nunca me ha gustado, pero estas son banalidades, el rosa, desde hace años, ha sido usado también por los hombres, la identidad sexual es otra cosa”.

– ¿Y en relación al tratamiento hormonal?

El aspecto más preocupante del artículo me parece la idea de tratar farmacológicamente a estos niños administrándoles hormonas para retrasar la pubertad, esto es realmente desconcertante: nosotros pensamos que retrasar la pubertad en ese niño quiere decir dejarlo más tiempo para decidir, mientras que a mi parecer de esa manera se deja más tiempo para estructurar la ambigüedad, este es el peligro más grande, tratar farmacológicamente con hormonas a un niño de ocho, nueve, diez años. Generalmente, se lleva a cabo un plan similar sólo si existe una pubertad precoz, porque las hormonas nunca son neutras, sobre todo cuando actúan sobre un cuerpo en evolución. Esto es lo más alarmante.

– Le agradezco su comentario doctora. Le quisiera preguntar: ¿un niño de dos años (la edad que tenía el niño de la señora Camilla cuando “se iluminó” frente a los vestidos de la hermana), o de ocho, nueve, o diez años, puede tener una personalidad estructurada para decidir quien ser, qué vestir o cómo sentirse?

Cuando la mamá dice: mi hijo ha dicho ‘yo soy así, ¿por qué debo ser niño o niña?’ equivale a cuando un niño dice de pequeño ‘yo de grande quiero ser ingeniero, heladero y astronauta’: la identidad, las aspiraciones, todo lo que un individuo será son realidades que se construyen día tras día a través de una relación y un intercambio entre la realidad personal y el ambiente en que la persona está.

El pelo largo, junto a la ropa femenina, los juegos de niña, se relacionan con el campo de las características socioculturales que una sociedad asigna a un sexo más que a otro, por sí mismos no nos dicen nada respecto a la fluidez del género. Por eso digo que el riesgo es que por miedo a los estereotipos y las constricciones se construyan estereotipos contrarios no menos influyentes e invasivos sobre el desarrollo de la personalidad de un niño.

La libertad de un niño debe guiarse siempre, el pequeño debe ser contenido, acompañado, custodiado porque él solo no sabe cuál es su bien, esto no quiere decir que necesita imponérsele papeles estereotipados: la educación es un “juego” hecho de escucha y de guía, de acompañamiento educativo.

La posición que manifiesta la señora Camilla, – sin querer de ninguna manera juzgar su elección, no conozco lo suficiente esta historia y no quiero hacerlo – probablemente preocupada por la felicidad de su hijo, es que “no es el niño quien tiene que cambiar, el hijo debe poder expresarse libremente, sino la sociedad que debe aceptarlo”. Entendemos que la cuestión, expuesta de esta manera, puede volverse fácilmente una batalla política e ideológica.

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