Sherlock Holmes vuelve a la pantalla grande
Transcurrido más de un cuarto de siglo, Sherlock Holmes se mantiene en una forma que sólo se puede calificar de envidiable.
El inmortal personaje creado por Arthur Conan Doyle ha llegado al siglo XXI conservando el mismo atractivo y capacidad de fascinación que atrapó a miles de lectores a finales del XIX, y que ha dado paso a ingentes adaptaciones en forma de cómics, libros y hasta videojuegos, tras ser encarnado en el cine por figuras deslumbrantes, entre otras, Charlton Heston, Jeremy Brett, Robert Downey Jr. y Christopher Lee.
Llega ahora la figura del ingenioso detective al cine avalado por el espléndido trabajo que ha hecho el director neoyorkino de 59 años, Bill Condon (Dioses y monstruos, 1998), al adaptar con rigor la novela de Mitch Cullin, de 2005, Un sencillo truco mental y presentar un biopic atractivo sobre la vida del veterano hombre de mundo que se aleja por completo del thriller de suspense habitual cada vez que hacemos una referencia sobre Holmes.
En este sentido, la cinta podría decepcionar a quienes busquen ese perfil, pero será muy bien recibida por quienes busquen cómo el ser humano afronta la soledad -cuando la brillantez de uno no encaja en el imaginario colectivo- la ancianidad, y, sobre todo, el espíritu de superación ante estas adversidades.
En este lapso, Holmes reflexiona sobre el pensamiento científico y su utilidad si está al servicio del bien y que a su vez, por otro lado, puede resultar deshumanizador.
Año 1947. Un Sherlock Holmes jubilado lleva una vida tranquila cuidando de sus plantas y abejas. Tiene una mente brillante, pero su época dorada de investigador ya ha terminado. Roger (Milo Parker), el hijo de 14 años de la señora (Laura Linney) que cuida la casa, tiene en Holmes a una figura paterna.
Ambos reabren un caso que sigue sin resolver y sus pesquisas les llevarán a obtener respuestas a cuestiones referentes tanto al caso como a un antiguo amor del viejo Sherlock. Gracias a esta investigación, Roger descubrirá el arte de la deducción y Holmes aprenderá algo más importante: una lección de humanidad.
La trama, redonda en su totalidad, se estructura en dos largos flashbacks. Uno de ellos muestra a Holmes viajando a Japón para intentar encontrar un último remedio a su irrevocable declive, y el otro se remonta a 30 años antes, al último caso de Sherlock Holmes, el que le hizo abandonar Londres y recluirse en el campo.
Tal éxito se debe a la alianza trazada a dos manos por Bill Condon y Jeffrey Hatcher en el guión al hilar hábilmente historias dentro de otras historias, incluso alguna de ellas sobre cine dentro del cine, y dotarlas de un tono amable, cercano, próximo, sensible...
En esencia, Mr. Holmes gana en todos los sentidos desde su delicada puesta en escena clásica, que consigue que el espectador empatice con la mente deductiva de nuestro protagonista, y, naturalmente, gracias a la impoluta presencia del septuagenario actor inglés Ian McKellen, que con una densa y lúcida trayectoria profesional entrega uno de sus mejores trabajos. Sólo por él hay que pagar la entrada.
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