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El gran cántico de la humildad

“Cuando veo arder
en el cielo las estrellas,
pensativo me digo:
¿Para qué tantos luceros?
¿Qué hace el aire infinito,
la profunda serenidad sin fin?
¿Qué significa esta
inmensa soledad?
¿Y yo qué soy?”
 
Giacomo Leopardi, Canto nocturno de un pastor errante de Asia
 
La humildad es una de esas virtudes que a la economía y a las grandes empresas no les gusta, a pesar de que tienen una necesidad vital de ella. Nuestra cultura, modelada cada vez más en base a los valores de la empresa, no logra ver la belleza ni el valor de la humildad, que así es "humillada".
 
Las virtudes que practican y alimentan las grandes empresas y organizaciones se nutren de la anti-humildad. Para hacer carrera y ser valorados hay que hacer gala de los méritos, mostrar una actitud y una mentalidad “ganadora”, ser más ambiciosos que los demás compañeros-competidores. Hay que buscar y desear lo de arriba y salir de abajo, donde está la tierra, el humus, la humilitas.
 
Nuestro tiempo no es humilde. Las generaciones pasadas y las que ahora declinan, conocían y reconocían muy bien la humildad. Aprendieron a descubrirla escondida en la tierra, experimentando el límite como sólo puede hacerlo quien conoce la tierra con sus manos. La tierra se descubría tocando los ladrillos, la madera, las duras herramientas de trabajo, las pobres ropas, la escasa comida y las máquinas en fábricas y talleres. Dialogando con ella se aprendían los oficios y el oficio de vivir. La cultura de las generaciones que conocieron grandes guerras y holocaustos y consiguieron salvar la fe en Dios y en el hombre, era una cultura humilde, porque esos hombres y mujeres amaban, apreciaban y premiaban la humildad.
 
La humildad es una virtud de la vida adulta. No hay que humillar a los niños ni a los jóvenes para hacerlos humildes. La humillación causada por otros no produce humildad, sino mil patologías del carácter. La única humillación buena es la que nos llega de la vida sin que nadie nos la proporcione intencionadamente. A los niños y a los jóvenes se les prepara a la humildad poniéndoles en contacto con la belleza, el arte, la naturaleza, la espiritualidad, la poesía, las fábulas y la gran literatura. En el encuentro con el infinito nos descubrimos finitos pero habitados por un soplo de eternidad, y si la experiencia de tocar el infinito va acompañada de las más altas expresiones humanas, la finitud no nos aplasta, sino que nos eleva, y la limitación no nos mortifica sino que nos hace vivir. Cuando elevamos los ojos y sentimos el cielo “infinito e inmortal”, en nosotros se forma el terreno donde puede brotar la humildad.
 
La humildad se forma en la relación entre iguales, con los compañeros, con los hermanos y hermanas. La reducción del número y biodiversidad de los compañeros de nuestros niños, sustituidos por encuentros “funcionales” (piscina, música…) y sobre todo por demasiadas relaciones “omnipotentes” con máquinas (televisión, teléfono móvil, tablet…), inevitablemente modifica y reduce las ocasiones para tener buenas experiencias del límite, y amenaza el desarrollo de la humildad. Para que nazca la humildad, es esencial el encuentro con la muerte y con la enfermedad, desde los primeros años de vida. Esconder de la vista de los niños a los abuelos y familiares fallecidos, no llevar a los hijos a los funerales o a visitar a amigos y familiares enfermos, aleja y complica el encuentro con la ley de la tierra y no favorece la maduración de la humildad. Una educación sin límite y sin limitaciones no puede educar en la humildad.
 
Muchos ancianos son testigos y maestros de humildad, porque la vida les ha dado el tiempo necesario para hacerse humildes. En las civilizaciones anteriores a la nuestra, su presencia era esencial por el magisterio de humildad que ejercían. La distancia de la primera tierra que les engendró y la proximidad de la segunda que les esperaba, les daba una perspectiva distinta y co-esencial de la vida, que podían ofrecer a todos. Este es otro motivo más por el que el mundo de las grandes empresas, construido en base a registros psicológicos adolescentes y juveniles (de ahí el gran uso de metáforas deportivas, casi todas inadecuadas), no conoce ni comprende la humildad.

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