Una historia de perros

Una historia de perros

Por Jorge E. TRASLOSHEROS |

Desde que tengo memoria, siempre he tenido perros y de cada uno guardo maravillosos recuerdos. Los he tenido por decenas, pero los más importantes, en orden cronológico, han sido Rosty, Negro, Rojo, Fújur, Maxi, Cuca y Toby. A usted, querido lector, estos nombres no le dicen nada, pero cada uno evoca una época especial en mi vida.

El Rosty era uno de los cinco perros del rancho al cual escogí como propio, por razones que desconozco. El nombre se lo puse en honor del niño-soldado dueño de Rin-tin-tín. Desde entonces, tenía yo cuatro años, he tenido cierto espíritu contestatario. ¿Ponerle el nombre del célebre perro? ¡Jamás! Acaso del dueño del famoso can. Nuestra amistad fue corta, pero intensa.

Más importante fue la relación con el Negro y el Rojo, cuyos nombres correspondían al color de su pelaje. En la adolescencia, es cosa bien sabida, en aras de ser originales, acabamos por ser muy obvios. El primero era un pastor belga obsesionado con mi hermano mayor, cuya obcecación era plenamente correspondida. Nuestra relación nunca fue amable —hablo del perro, obvio— debido a su agresiva actitud cuando me quería sentar en el sillón de la sala a ver televisión, mueble que él consideraba de su exclusiva propiedad. El rojo, un cachorro zeter irlandés, bellísimo, fue realmente el primer perro al cual pude considerar mío. Desapareció una triste mañana, tres semanas después de haber llegado. Ni tiempo de encariñarme, para llorarlo.

La infancia y la adolescencia son como estrellas fugaces: espectaculares, intensas y efímeras. No es extraño, entonces, que hayan sido mis perros de la vida adulta los que más huella dejaran en mi existencia. El primero en la lista es el Fújur. Llegó como se fue, por casualidad. Era un maltés criollo y con esto quiero decir que creo yo que era maltés. Su nombre derivaba de su gran parecido con el perro-dragón de Atreyu, el indio piel verde protagonista de la novela Historia sin Fin, de Michael Ende. Por pequeño que fuera, mi perrito tenía el porte, elegancia y candidez del célebre dragón. Convivimos varios años hasta que un día salió por su cuenta a pasear y lo apachurró un camión. A este sí que lo lloré.

No mucho tiempo después apareció la Maxi, una coquer muy alegre. Llegó en forma de regalo de cumpleaños para el mayor de mis hijos. Dieciséis años estuvo con nosotros. Era medio mística. Por las tardes subía a la azotea, se sentaba junto a la puerta y se gozaba en contemplar el crepúsculo y sentir el viento suave en su pelo. No, no alucino, eso es exactamente lo que hizo cada día, durante muchos años y lo puedo jurar.

La Maxi aún era joven y bella cuando la Cuca se coló en la vida de la familia. Un seis de enero mi esposa abrió la puerta de la calle y encontró a una perrita blanca, desnutrida y tierna ahí acurrucada. Le dio de comer, un poco de agua y ya nunca se fue de la casa; pero tampoco se le quitó lo callejera. Cada mañana se “escapaba” por la colonia. Al poco tiempo nos hicimos famosos en el barrio por ser las personas que vivían en “la casa de la Cuca”. Era una especie de labrador de talla pequeña y gran carisma, entre cuyos encantos estaba su capacidad de sonreír. Estuvo con nosotros quince años. Murió como llegó, sin hacer ruido.

Vivía la Maxi sus últimos tiempos y la Cuca su plenitud, cuando apareció el Toby, un cachorro springer spaniel de seis meses, el último de una estirpe de campeones criados por mi cuñada y su esposo por muchos años, hasta que se aburrieron. Durante sus primeras semanas en casa, en virtud de sus blanco y filosos dientes, mis hijos estrenaron zapatos y mi esposa algunas blusas. Un día decidió que su belleza no iba con sus travesuras y se acostó en medio de la sala para ser contemplado. Ahí permaneció los siguientes once años. Es el perro más cariñoso y noble que haya tenido jamás. Hace unos días lo tuve que dormir para siempre, víctima de una enfermedad catastrófica y fulminante.

Agradezco a Dios la inolvidable compañía de estas pequeñas criaturas, muy dignas de la admiración de san Francisco; pero he decidido no tener más perros, a pesar del reclamo de mis hijos. No es que ya no los quiera; es que los quiero demasiado.

jtraslos@unam.mx
Twitter: @jtraslos

 

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