Tuvo que tomar una decisión: soltar a su hijo y verlo ahogarse en el mar

El pasado 22 de enero de 2017, Francisco concedió una entrevista al diario español El País. En ella, como viene siendo habitual en sus intervenciones públicas, el Papa resultó incisivo y provocador.

Entre otras perlas, cuando el periodista le preguntó acerca de la acusación que se le había hecho de no tener palabras para la clase media, hizo la siguiente aclaración recurriendo al evangelio:

“A mí me gusta pensar mucho en el dueño del hotel al que el samaritano llevó a ese hombre al que los ladrones lo habían molido a palos después de robarlo en el camino. El dueño del hotel sabía la historia, se la contó el samaritano: había pasado un cura, miró, llegaba tarde a la misa y lo dejó tirado en el camino, no quería mancharse con la sangre porque eso le impedía celebrar según la ley. Pasó el abogado, el levita, vio y dijo: “Uy, yo no me meto acá, el tiempo que voy a perder, mañana en los tribunales haré de testigo y… No, no, mejor no te metas”.

Parecía nacido en Buenos Aires, y dio la vuelta así, que es el lema de los porteños: “No te metas”. Y pasa este, que no es judío, que es un pagano, que es un pecador, considerado como de lo peorcito: se conmueve y lo levanta.

El estupor que tuvo ese hotelero es enorme, porque vio algo inusual. Pero la novedad del Evangelio crea estupor porque es esencialmente escandalosa. San Pablo nos habla del escándalo de la cruz, del escándalo del Hijo de Dios hecho hombre. El escándalo bueno, porque también Jesús condena el escándalo contra los niños.

Pero la esencia evangélica es escandalosa para los parámetros de la época. Para cualquier parámetro mundano, la esencia es escandalosa. Así que el síndrome del hijo mayor es un poco el síndrome del que ya está acomodado en la Iglesia, del que de alguna manera tiene todo claro, todo fijo lo que hay que hacer y que no me vengan a predicar una cosa extraña. Así se explican nuestros mártires: dieron su vida por predicar algo que molestaba”.

La buena noticia es que, leyendo Lágrimas de sal (Debate, 2017), de Pietro Bartolo y la periodista Lidia Tilotta, uno puede seguir ejerciendo de testigo, de dueño del hotel, y gracias a ello puede contar cosas escandalosas que desbordan nuestros marcos referenciales de clase media y que nos conmueven hasta el despertar de heridas profundas por las que hoy sangra el corazón del mundo.

Pietro Bartolo fue en un determinado momento el único médico de Lampedusa, la isla italiana más cercana a Túnez que a Europa, donde en los últimos 25 años han atendido a más de 300.000 inmigrantes y refugiados provenientes de Siria, Nigeria, Eritrea, Sudán, Etiopía y tantos otros países concretos que no se pueden simplificar en un tranquilizador “África”.

La historia más o menos la conocemos. Es una diáspora en busca de una vida mejor, en la que los muchos peregrinos pierden la propia vida en el intento, las mujeres son sistemáticamente violadas, muchos se dejan extirpar un riñón para poder cruzar el mediterráneo, muchos niños desaparecen convertidos en mercancías en el mercado internacional de la “donación” de órganos, etc., y todo para llegar a ese lugar en el que, supuestamente, uno puede vivir dignamente.

Y cuando llegan a ese paraíso, Europa, se encuentran con que molestan y con que hemos puesto muros físicos o cotidianos para que ni ellos ni sus latentes historias perturben nuestro sacrosanto y agónico bienestar.

Pietro Bartolo nos cuenta un poco de su vida. Pequeños relatos que permiten hacerse cargo de la dureza del día a día tradicional de los pescadores de Lampedusa, y de cómo ellos no son capaces de vivir de espaldas a la tragedia que se libra en sus costas, sino que hacen todo lo posible por ayudar, por salvar, curar, alojar, alimentar o enterrar dignamente a todos esos niños, mujeres y hombres que llegan a sus orillas tratados como ganado por mafias que se aprovechan de guerras lejanas, patrocinadas por nuestra industria armamentística occidental.

Sin embargo, Bartolo no se limita meramente a narrar su vida, sino que también nos azuza con historias que sacuden nuestra humanidad y nuestra conciencia hasta el llanto, que se hace, a tramos, inevitable compañero de lectura.

Nos cuenta, por ejemplo, la historia de una familia que llegó a puerto tras un rescate en alta mar:

Cuando el barco había volcado, todos cayeron al agua. Eran más de ochocientas personas. Él era un excelente nadador y se había puesto al bebé de nueve meses dentro del jersey, contra el pecho. Luego, con una mano agarró a su esposa y a su otro hijo, de tres años de edad. Empezó a nadar de espaldas, sin parar, tratando desesperadamente de mantenerse a flote. A la espera de una ayuda que no llegó. Una espera agotadora.

Las olas se hicieron cada vez más altas y más violentas, y le faltó el aliento. Tuvo que tomar una decisión. Una última opción, de la que sabía que no podría volver atrás. Suspendido entre la vida y la muerte, tuvo que pensar, calcular, evaluar y luego decidir. Así que al final lo hizo, abrió la mano derecha y soltó la de su hijo. Lo vio desaparecer, poco a poco, para siempre.

Mientras me lo contaba no dejaba de llorar, y tampoco yo pude evitar el llanto. No tuve la frialdad necesaria para reaccionar y controlarme. Me sentí derrotado. Un médico no debe llorar en público, pero a veces no puedo evitarlo. No se puede permanecer frío frente a tanta agonía.

Y lo que más atormentaba a aquel hombre era que unos minutos después había llegado el helicóptero para salvarlos: “Si solo hubiera resistido un poco más, ahora mi hijo estaría con nosotros. Nunca me lo perdonaré”.”

Dios no quiera que nos tengamos que encontrar nunca en tal tesitura, que no es la peor de las que se detallan en este mínimo inventario del holocausto que estamos viviendo en nuestros días y que Bartolo argumenta lapidariamente del siguiente modo:

“Las prisiones libias son los nuevos campos de concentración. Las condiciones en que viajan los migrantes por el desierto y por el mar no son tan diferentes de las de los deportados en los trenes de la muerte. Y el que hoy quiere levantar muros y rechazar a los refugiados no se comporta de manera muy diferente a la de aquellos colaboradores de Hitler que la filósofa Hannah Arendt definió como “hombres banales”. Quien deja morir a miles de niños en el mar o les permite vivir en condiciones inhumanas en los campos de refugiados fronterizos expresa una crueldad no menor que la de aquellos”.

Sin embargo, lo que prevalece en la lectura libro no es el desgarro de la propia alma mientras uno lo frecuenta, sino la posibilidad de ser testigo de la humanidad incansable y lacerada de este médico, Pietro Bartolo, de su familia, de sus amigos, de los mismos sacerdote y alcaldesa de Lampedusa, de los médicos y el personal sanitario del policlínico, del pueblo entero volcado en la ayuda a los que más lo necesitan, pero también la de los mismos refugiados, entre los que se documentan numerosos gestos de infinito altruismo.

Además, el libro es escueto, bello y de lectura ágil. Va tan al grano que una vez entras en él haces lo que tengas que hacer para terminarlo, porque te urge seguir en la compañía sencilla de alguien que da la vida por los demás, y lo hace sin tasa.

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