Los pitufos: la aldea escondida y la emancipación de Pitufina

Como todos los que hemos sido niños sabemos, los pitufos son azules, bondadosos aunque traviesos y viven en su idílico poblado de Amanitas Muscarias, muy bonitas pero, en la realidad, tóxicas. Todos ellos son varones, a excepción de Pitufina, la única chica de la fiesta, que, como hemos visto en alguna otra de las entregas de animación de SONY, suele ser asediada por el interés de los jovenzuelos más exaltados.

En Pitufolandia todo el mundo pitufa dichoso bajo el gobierno patriarcal poco opresor de Papá Pitufo. Sin embargo, el brujo Gargamel, con su gato Azrael y su alelado buitre rompe-huesos, se pasa la vida intentando encontrar la guarida de esos pequeños seres. Los quiere capturar para hacer un conjuro que lo convertirá en el más poderoso mago del mundo y hará desaparecer su calvicie a favor de una abundosa melena heavy metal.

La aventura de Los pitufos: la aldea escondida (2017) gira en torno a Pitufina y su condición de anormal entre el resto de los de su especie. No solo es que sea chica, sino que además no se deja reducir a su tarea, a su modo de ser o a sus tendencias a la hora de actuar, como el resto de los pitufos-macho.

Glotón siempre está comiendo. Curioso siempre está fisgando. Muerdemesas siempre está haciendo de termita. En cambio, Pitufina tan pronto muestra que no tiene ni idea de cocinar como practica el karate a las mil maravillas y le da una patada en los cataplines al que tenga de opositor. Es decir, resulta inclasificable.

Parece que esa existencia sustraída a toda etiqueta se justifica en un principio por su condición de engendro. Su origen está en una maléfica creación de Gargamel con la que solo quería rastrear a los pitufos. Sin embargo, Papá Pitufo consigue recrearla buena con otro sortilegio y la adoptan en su aldea como a una más.

Curiosamente la peripecia hace que Pitufina, acompañada por Fortachón, Patoso y Filósofo se adentren en el bosque prohibido infringiendo el tabú instituido por Papá Pitufo. Su misión es la de avisar a una desconocida tribu pitufa de que Gargamel va a por ellos con sus bombas congelantes. Pero, a la vez, Pitufina está buscando su propia identidad.

El espectáculo que tal periplo depara a los espectadores es reseñable y a ratos francamente divertido. Está plagado de colorido, guiños tecnológicos a las nuevas audiencias, criaturas realmente fantásticas, payasadas ocurrentes y giros lingüísticos desternillantes en boca del malévolo mago.

Cuando descubren el poblado pitufo, se percatan de que allí no hay más que pitufas, que rompen afablemente con los estereotipos femeninos tradicionales: como Tormenta, una especie de intrépida fortachona hiperactiva; o la mandamás, que tiene el pelo blanco, la voz de Julia Roberts y se enfrenta, con mucha simpatía mutua, al patriarca pitufo, señalando la igualdad de derechos.

Y, pese al encuentro de civilizaciones, pese al golpe de estado feminista en el patriarcado azul, vemos, en la moraleja, que Pitufina tampoco queda definida por su condición de mujer, como no lo era por sus habilidades o profesión.

Tras el desenlace, vemos cómo la protagonista se emancipa, ya no solo de su condición de Pitufo, sino también de su condición de Pitufa. Deviene así el no va más de la autenticidad.

Lo que queda por ver es si esa novedad que se reivindica en Pitufina desde el guión es su condición de persona, de ser irrepetible a los ojos de Dios, o bien es algo más relativo a los nuevos derechos, la ideología de género o la aceptación de la diferencia por parte de la sociedad. Lo dejo a juicio del consumidor.

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