Cómo crecer en autoestima

Hay aprendizajes que nos han dañado en la imagen que tenemos de nosotros mismos, especialmente los preconceptos que nos hemos creído como ciertos, y que en realidad provinieron de las opiniones ajenas, prejuicios, comparaciones, expectativas frustradas, etc.

Es preciso desaprender, desprogramar ciertos modos de vernos a nosotros mismos, abandonando aquellas imágenes que no nos permiten vivir en libertad y en paz con nosotros mismos y con los demás. Muchas veces sin mala intención nos encasillaron, nos “etiquetaron”, nos lo creímos y nos volvemos más infelices por eso, repitiéndonos a nosotros mismos las “etiquetas” que otros nos pusieron.

Hay que ser crítico con todo ese archivo de ideas falsas o parciales sobre nosotros,  y que nos impide vernos realmente como somos. A veces tardamos años en descubrir que no era cierto nada de eso.

Hay algunos mandatos sociales que nos han influido negativamente, como “valgo en la medida de lo que hago”, haciendo que nos valoremos según lo que hacemos y no por quienes somos.  Si nos valoramos en la medida de lo que producimos, de lo que hacemos, la ansiedad por hacer más cosas nace de la angustia de no ser amados por otra razón que por lo que hagamos. 

Por otra parte, si asumimos que valemos según la opinión ajena, nos volvemos esclavos de lo que otros digan, buscando siempre su aprobación y su admiración. Es imposible vivir en paz desconfiando de nosotros mismos, a expensas de lo que otros piensan de mí.  No es cierto tampoco que seremos más amados si les damos el gusto a los quienes nos piden que seamos de tal o cual manera.

Reconciliarnos con nosotros mismos es algo que cuesta toda la vida, aceptarnos, perdonarnos y aprender a reírnos de nuestros propios defectos. El humor con uno mismo es un signo de salud mental y espiritual. Aceptarnos nos da la libertad de mostrar sin miedo nuestra propia fragilidad, sin querer ser lo que no soy.

Es de mucha ayuda reconocer nuestros propios mensajes descalificatorios y borrarlos de nuestros hábitos cotidianos, como esas frases que nos repetimos habitualmente: “Es que yo soy así, no puedo cambiar”, “Nunca me sale nada bien”, “A mí no me van a querer”,  “Si yo fuera diferente, me aceptarían”, etc.

¿Quién nos hizo creer que eso es así? Es preciso desterrar esos mensajes que no están apoyados en la verdad de quienes somos y solo nos hacen vivir en una falsa imagen de nosotros mismos, hiriendo nuestra autoestima. Son creencias que no nos permiten ser quienes somos.

No hay que compararse con nadie, ni comparar a los demás. La comparación es engañosa y hace mucho daño. Todos somos únicos e irrepetibles, nadie es como otro, ni puede serlo. Muchas veces descalificamos a los demás para sentirnos mejores o nos descalificamos a nosotros mismos mirando a alguien que considero mejor que yo. No hay que perder la propia singularidad. Cuando empiece a comparar, debo poner freno a mis propios pensamientos.

Se necesita sanar la propia historia y aprender que nadie está determinado por su vida, ni por su historia, ni por sus traumas, sino que cada uno puede decidir vivir de otra manera, pensar de otra forma, y construir la propia vida.

No importa lo que me hayan hecho, sino qué hago yo con eso. Siempre puedo mirar mi historia con ojos nuevos y resignificarla, porque cuando sanamos nuestras heridas interiores, nos transformamos en un manantial de vida y alegría para los demás.

Muchas personas pueden amarnos y aceptarnos como somos, pero si no las creemos, podemos vivir pensando que nadie nos ama. Los demás, por más amor que nos tengan, pueden no alcanzarnos con su amor si nosotros no damos un salto de fe: “Creo que me amas”.

Muchas personas que son amadas, por su baja autoestima viven “poniendo a prueba” a quienes las aman, desgastándolos y cansándolos con permanentes reclamos y demandas afectivas: “si me quisieras, harías…”, “si te importara, harías…”, etc.

Para sentirnos amados no dependemos de lo que los demás sigan haciendo si realmente nos aman, sino de nuestra fe en ellos, de si le creemos o no a quien nos dice que nos ama. Si no creemos, no hay amor que nos convenza. Muchas personas sufren al expresar su amor verdadero a personas que por su baja autoestima no creen que puedan ser amadas. El acto de fe depende de nuestra libertad de creer o no creer, porque la fe es siempre un acto libre.

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