5 trucos de místicos para cuidar de nuestra familia

Cuando atravesé la depresión post parto me acerqué a los místicos cristianos para encontrar consuelo e intentar comprender mis emociones, cuenta la escritora estadounidense Christiana Peterson. Vivo en un rancho, dentro de una “comunidad internacional”.

Este estilo de vida puede a veces parecer un poco radical. También los místicos cristianos a menudo viven al margen de la sociedad. Es por eso que me dieron cierta perspectiva sobre mi vida y mis experiencias. Esos místicos, muy a menudo célibes y aislados del mundo, me enseñaron mucho sobre la maternidad y la manera de cuidar de mi familia y mi comunidad.

A continuación cinco lecciones que fueron muy beneficiosas para mí:

Después del encuentro con un leproso durante un viaje, Francisco de Asís decidió regalar sus bienes. Como Francisco, muchos místicos cristianos son más bien radicales en su enfoque de la sencillez. Estudiar su vida de cerca me ha animado a vivir más sencillamente.

No ha sido fácil aligerarme de algunos objetos que parecían esenciales en mi vida pero, paradójicamente, estoy más satisfecha ahora que tengo menos cosas materiales.

A día de hoy, cada vez más personas sostienen que un estilo de vida más sencillo ha tenido un impacto positivo en el ambiente, en la salud emocional y, además, en todas las personas que viven en pobreza.

La tendencia actual es tener un estilo de vida menos lleno de cosas superficiales. Pero vivir sencillamente no implica por fuerza vivir en una barranca sin electricidad. Hay diferentes maneras de simplificar la vida.

Por ejemplo, quitarse ciertos aparatos electrónicos. Me he dado cuenta de que cuando he controlado mis redes sociales desde el celular me he perdido momentos de complicidad con mis hijos. Mi marido y yo establecimos una regla que prohibe el uso del celular en la mesa. A menos que no sea un trabajo urgente, intento estar lejos de mi celular y mi computadora, cuando están los niños en casa.

Y luego hay un montón de actividades positivas que hacer, con el tiempo libre que se gana al guardar la computadora: cuidar el huerto, por ejemplo, es un excelente método para ayudar a tus hijos a comprender y a apreciar de dónde vienen los alimentos que consumimos.

Hacer espacio en tu casa, regalar cosas y ropa que no necesitas, no comprar nada que no sea absolutamente útil, hacer la compra en un pequeño establecimiento en lugar de ir al supermercado, son los primeros pasos hacia un estilo de vida más sencillo.

Pero lo más importante es nuestro estado de ánimo: es necesario darse cuenta de que se puede estar satisfecho con poco, y que se puede responder a la búsqueda de sentido a través de todas las cosas inmateriales.

Muchos místicos, como Margery Kempe o Juliana de Norwich, vivieron momentos de dificultad. También los místicos más devotos tuvieron periodos de dudas o días oscuros, y sufrieron tanto psicológica como físicamente.

Cuando a mi vez he atravesado un momento de depresión, leer a propósito de su sufrimiento me ha ayudado a comprender el mío. Me he sentido menos sola, sabiendo que esas mujeres completamente orientadas a Dios tenían también dificultad en gestionar sus emociones.

No es raro que las mamás se sientan frágiles, después del parto. Pero la depresión post parto es una enfermedad que puede durar mucho tiempo, y que necesita un acompañamiento médico. Esta depresión me enseñó la importancia de escuchar lo que nos dice nuestro cuerpo – y nuestro corazón.

Se necesita valor para admitir que se necesita ayuda. Sufrir puede ser una verdadera lección de humildad, y nos permite compartir el sufrimiento de los demás.

Muchos místicos practicaban la hospitalidad radical o, como dice mi amigo escritor David Janzen, “la hospitalidad ofrecida a quienes no podían corresponder con nada”. Los místicos era muy hospitalarios: no dejaban nunca de acoger a las personas en su propia casa, o en los conventos o en los monasterios, y ofrecer sus servicios a las personas marginadas de la sociedad.

Cuando me volví esposa y madre de familia, no sabía realmente cocinar. Después de irme al rancho, tuve que acoger a grandes grupos de personas en mi pequeña casa… y cocinar para ellos. En esa época pensaba todavía que ser hospitalario significaba acoger a nuestros invitados en una casa limpia y cálida, además de servir una cena deliciosa con un buen servicio.

Pero con el pasar del tiempo he entendido que la hospitalidad no se formaliza por estos pequeños detalles, y que un invitado podía sentirse mucho más a gusto en una casa desordenada por el devenir de la vida familiar que en una con apariencias perfectas.

Un día, cuando mi último hijo tenía cuatro meses, me confundí con la fecha de una cita que tenía con una amiga, ella también una joven madre. Terminó llegando a tocar la puerta de mi casa sin que yo me lo esperara. Yo estaba avergonzada por el estado de mi cocina, por el desorden que reinaba en la sala y por mi pelo rebelde.

Cuando me disculpé por este desastre, mi amiga me confesó que estaba feliz por haber visto mi casa en ese estado. De alguna forma, estaba aliviada al ver que no era la única desordenada, y esta cita inesperada nos permitió acercarnos. La hospitalidad es mucho más que una buena comida: se trata de compartir con autenticidad nuestros pequeños hábitos cotidianos.

Como san Francisco, muchos místicos han regalado todo lo que tenían. Catalina de Siena se ofreció como voluntaria para entrar en una orden religiosa a los dieciséis años. Militó muy joven, se despojó de todos sus bienes y condujo una vida ascética. Catalina dedicó su vida a ayudar a los demás, como otros hicieron antes y después de ella.

No es fácil conjugar trabajo y vida familia y, personalmente, tengo mucha dificultad en encontrar tiempo para dedicar a los demás. Pero al final de cuentas eso no debe necesariamente trastornar nuestros hábitos. A veces, nuestra generosidad puede expresarse de manera banal en nuestra vida cotidiana.

Hay algo que los místicos tienen en común: su dedicación a la oración. Muchos de ellos vivían aislados y consagraban su día a la oración y al silencio.

Thomas Merton, monje y místico del siglo XX, escribió muchas obras a propósito de la soledad y la oración contemplativa. Estaba convencido de que, gracias a la oración, se nos da la posibilidad de ver las cosas con una mirada nueva. “La oración no nos esconde el mundo, sino que transforma la visión que tenemos de él. La oración nos permite ver a todos los hombres, y toda la historia de la humanidad, a la luz de Dios”.

La mayor parte de los papás jóvenes se reirían en mi cara, si les dijera: “Tenemos todo el tiempo que queremos”. El concepto mismo de “tiempo”, cuando tenemos tantas responsabilidades y personas que cuentan con nosotros, parece muy abstracto. Pero la meditación puede ayudar a ciertos papás súper ocupados a gestionar de manera más sana esta rutina desenfrenada.

No se trata únicamente de estar solos en una habitación – y cuánto bien puede hacer pasar veinte minutos mirando la televisión o leyendo-. La soledad implica hacer el esfuerzo de sacar tiempo para la oración, o la meditación. Son suficientes de 10 a 20 minutos al día. Por lo demás, muchos estudios afirman que la oración y la meditación son esenciales para la salud mental y física.

Entonces, ¿cómo encontrar tiempo para meditar? Al principio será necesario sacrificar algunos minutos de sueño y del tiempo que se pasa en Internet. Y probablemente no será fácil encontrar a quien se ocupe de los niños mientras tanto. Yo, sin embargo, he hecho de estos 20 minutos de meditación una prioridad (y no la hago todos los días), y me encuentro menos ansiosa y más paciente en relación con los niños y mi comunidad. Una lección más que me han transmitido los místicos cristianos, y de la que estoy felizmente agradecida.

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