¿Qué hacer cuando nos toca vivir el sufrimiento y la enfermedad?, pregunta el papa Francisco

En Italia ha causado sensación el caso de DJ Fabo, un hombre de Milán de 40 años amante de la música, los viajes y la vida, pero que a raíz de un grave accidente de auto ha quedado ciego y tetrapléjico. No se trata de una enfermedad rara. Sin embargo, su caso tiene algo en común con ella: el sufrimiento que comparten familias y pacientes cuando un pariente está postrado en una cama o silla de ruedas y la ciencia aún no desvela una cura.

“Agradezco a quien me ha quitado el peso de este infierno de dolor”, fueron las ultimas declaraciones de DJ Fabo desde una clínica en Suiza (donde es legal el suicidio asistido) antes de que con la boca hiciera ‘clic’ para apagar la máquina que lo mantenía con vida.

La prensa interpela a las instituciones italianas sobre la actualidad del debate del suicidio asistido. La Iglesia no cede en la defensa de la vida hasta el final.

¿Qué sucede en nuestro corazón cuando nos sentimos presos de la “desolación espiritual”? Es la pregunta oportuna y aunque distante del tiempo de los hechos, que el papa Francisco planteó en la homilía de la misa celebrada en Santa Marta, centrada en la figura de Job, el pasado 27 de septiembre de 2016.

Francisco exhorta a pedir al Señor tres gracias: “la gracia de reconocer la desolación espiritual, la gracia de rezar cuando estemos en esta situación, y la gracia de acompañar a las personas que sufren momentos desesperados de tristeza y desolación espiritual”.

Sin pretender dar una respuesta unívoca a tema tan complejo como el del sufrimiento humano, la cuestión siempre actual es cómo actuar ante una tragedia familiar o una enfermedad grave. Así, Francisco destaca la importancia del silencio y de la oración para vencer momentos difíciles.

El Papa admite que “antes o después todos vivimos una gran desolación espiritual”. “¡Es mejor la muerte!”, es el desahogo de Job. “Mejor morir que vivir así”, constata tras la Primera Lectura en esa homilía.

¿Cómo acompañar en ese momento a quien sufre? 

De esta manera, ilustra que en el Libro de Job se habla del silencio de los amigos. Ante una persona que sufre, destaca el Papa, “las palabras pueden hacer mal. Lo que cuenta es estar cerca, hacer sentir la cercanía “sin hacer discursos”.

Silencio, presencia y oración, así se ayuda al que verdaderamente sufre, explica. “Cuando una persona sufre, o está en un proceso de desolación espiritual”, retomó aquel día, “se debe hablar lo menos posible y se debe ayudar con el silencio, la cercanía, las caricias y la oración ante el Padre”.

La intimidad del dolor de cada enfermo y de su entorno forman parte del misterio de Dios y de la vida. En los casos más dramáticos, el papa Francisco ya lo ha dicho varias veces: cuando no se comprende el dolor y la enfermedad de los inocentes, de los niños, en ese momento es mejor contemplar en silencio la Cruz de Jesús.

Francisco delinea tres consejos espirituales muy útiles cuando vivimos momentos de desolación espiritual y sufrimiento:

“Primero, reconocer en nosotros los momentos de desolación espiritual, cuando estamos en la oscuridad, sin esperanza y preguntándonos por qué”.

Segundo, rezar al Señor con el Salmo 87, como Él nos enseña, en el momento de oscuridad: ‘Llegue hasta Ti mi oración, Señor’.

Tercero, cuando me acerco a una persona que sufre, ya sea por enfermedad o cualquier sufrimiento, pero que está en esta desolación, silencio. Pero este silencio con amor, cercanía, caricias. No hacer discursos que al final no ayudan y que, además, hacen mal”.

Por otro lado, subraya el cobijo de la oración. ¿Qué debemos hacer cuando nos toca vivir estos momentos oscuros?’, pregunta. En el salmo número 87 está la respuesta: “Llegue hasta ti mi oración, Señor”. Es necesario rezar, dice el Papa, rezar fuerte, como hizo Job: gritar día y noche para que Dios nos escuche.

Es una plegaria que pueden hacer familiares y personas que sufren y yacen inmovilizadas, martirizadas por el dolor. ‘Señor, estoy cansado de desventuras. Mi vida está al borde del infierno. Me cuentan entre los que bajan a la fosa, estoy sin fuerzas’. ¡Cuántas veces nos hemos sentido así, sin fuerzas…”, es una oración de llamar a la puerta, ¡pero con fuerza!

“Señor, me has lanzado a la fosa más profunda. Pesa sobre mí Tu furor. Llegue hasta Ti mi oración’. Esta es la oración: así debemos rezar en los momentos más duros, más oscuros, más desolados, más aplastantes. Rezar con autenticidad. Y también desahogarse como hizo Job, como un hijo”, enseña Francisco.

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