El Papa concede entrevista a personas sin hogar de Milán

Ya había sucedido con un periódico de las villas miseria de Argentina, «Cárcova News», y después con un periódico callejero holandés de Utrecht, «Straatnews». Pero no hay dos sin tres. En vista de la ya próxima visita a la ciudad de Milán, que será el próximo sábado 25 de marzo de 2017, Francisco concedió una larga entrevista a una revista mensual de los sin techo milaneses.

«Scarp de’ tenis» es una publicación pero también un proyecto social. Y los protagonistas son las personas sin hogar, las personas que viven en situaciones personales difíciles o que sufren alguna forma de exclusión social.

El proyecto pretende darles un empleo y contribuir a sus ganancias. Pero pretende, en primer lugar, acompañarlos en la conquista de la autoestima. Los que hicieron la entrevista, difundida por la Sala de prensa de la Diócesis de Milán, fueron el director Stefano Lampertico y Antonio Mininni, vendedor y después histórico responsable de la redacción de la publicación. Publicamos una amplia síntesis de lo que el Papa les dijo.

Ponerse en los zapatos del otro 

«Es muy fatigoso ponerse en los zapatos de los demás, porque a menudo somos esclavos de nuestro egoísmo. En un primer nivel podemos decir que la gente prefiere pensar en los propios problemas sin querer ver el sufrimiento o las dificultades del otro. Pero hay otro nivel de comprensión. Ponerse en los zapatos de los demás significa tener una gran capacidad de comprensión, comprender le momento y las situaciones difíciles.

Pongo un ejemplo: en el momento del luto se dan las condolencias, se participa en la vigilia fúnebre o en la misa, pero son verdaderamente pocos los que se ponen en los zapatos de ese viudo o de esa viuda, o de ese huérfano. Claro que no es fácil. Se siente dolor, pero después todo acaba allí. Si pensamos luego en las existencias que a menudo están hechas de soledad, entonces ponerse en los zapatos del otro significa servicio, humildad y magnanimidad. Es también la expresión de una necesidad.

Yo necesito que alguien se ponga en mis zapatos. Porque todos nosotros necesitamos comprensión, compañía y algún consejo. Cuántas veces me he encontrado con personas que, después de haber buscado consuelo en un cristiano, fuera laico, sacerdote, monja u obispo, me dicen: “Sí, me ha escuchado, pero no me ha comprendido”.

Comprender significa ponerse en los zapatos de los demás. Y no es fácil. A menudo, para suplir esta falta de grandeza, de riqueza y de humanidad nos perdemos con las palabras. Se habla, se habla. Se aconseja. pero cuando solo hay palabras o demasiadas palabras, no hay esta “grandeza” de ponerse en los zapatos del otro.»

Qué digo cuando me encuentro con una persona sin hogar 

«“Buenos días”. “¿Cómo estás?”. Algunas veces se intercambian pocas palabras, otras veces, por el contrario, se entra en una relación y se escuchan historias interesantes: “Estudié en un colegio, había un buen cura…”.

Alguno podría decir, pero, ¿qué me interesa? Las personas que viven en la calle comprenden inmediatamente cuando hay verdadero interés por parte de la otra persona o cuando hay, no quiero decir ese sentimiento de compasión, pero seguro de pena. Se puede ver a una persona sin hogar y verla como una persona, o como si fuera un perro. Y ellos se dan cuenta de esta manera diferente de ver.

En el Vaticano es famosa la historia de una persona sin hogar, de origen polaco, que generalmente se quedaba en la Plaza Risorgimento de Roma, no hablaba con nadie, ni siquiera con los voluntarios de la Caritas que le portaban un plato caliente por la tarde. Solamente después de un largo tiempo lograron hacer que les contara su historia: “Soy un cura, conozco bien a su Papa, estudiamos juntos en el seminario”.

Los rumores llegaron a Juan Pablo II, que escuchó el nombre, confirmó que había estado con él en el seminario y quiso encontrarse con él. Se abrazaron, después de cuarenta años, y al final de una audiencia el Papa pidió que lo confesara ese sacerdote que había sido compañero suyo. Y después de la confesión, su amigo le dijo al Papa: “Pero ahora te toca a ti”.

Y el compañero de seminario fue confesado por el Papa. Gracias al gesto de un voluntario, de un plato caliente, de algunas palabras de consuelo, de una mirada de bondad, esta persona pudo volver a levantarse y emprender una vida normal que lo llevó a convertirse en capellán de un hospital. El Papa lo ayudó, claro, este es un “milagro”, pero es también aun ejemplo para decir que las personas sin hogar tienen una gran dignidad.

En el arzobispado, en Buenos Aires, debajo de una portón, entre las rejas y la banqueta, vivían una familia y una pareja. Me los encontraba todas las mañanas cuando salía. Los saludaba y siempre intercambiaba algunas palabras con ellos. Nunca pensé correrlos de ahí. Algunos me decían: “Ensucian la Curia”, pero la suciedad está dentro. Creo que hay que hablar de personas con gran humanidad, no como si tuvieran que pagarnos una deuda, y no hay que tratarlas como si fueran pobres perros.»

La limosna a los que están por las calles 

«Hay muchos argumentos para justificarse a sí mismo cuando no se da limosna. “Pero, ¿cómo, yo doy dinero y luego él lo gasta para tomarse un vaso de vino?”. Un vaso de vino es la única felicidad que tiene en la vida, está bien así. Pregúntate, más bien, ¿qué haces tú a escondidas? ¿Cuál “felicidad” buscas tú a escondidas? O, al contrario que él, eres más afortunado, con una casa, una esposa, hijos, ¿qué te hace decir “Ocúpense ustedes de él”?.

Una ayuda siempre es justa. Claro, no es algo bueno lanzarle al pobre solo calderilla. Es importante el gesto, ayudar a quien pide viéndolo a los ojos y tocándole las manos. Arrojar dinero y no ver a los ojos, no es un gesto de cristiano.

¿Cómo se puede educar a la limosna? Cuento una anécdota de una señora que conocí en Buenos Aires, mamá de cinco hijos (en esa época tenía tres). El papá estaba trabajando y estaban almorzando, oyeron tocar la puerta, el más grande va a abrir: “Mamá, hay un hombre que pide de comer. ¿Qué hacemos?”.

Los tres, la más pequeña tenía cuatro años, estaban comiendo una milanesa, la mamá les dice: “Bien, cortamos a la mitad nuestra milanesa”. “Pero, mamá, hay otra”, dijo la niña. “Es para papá, para esta tarde. Si hay que dar, debemos dar la nuestra”. Con pocas y simples palabras aprendieron que se debe dar de lo propio, eso de lo que no te querrías separar nunca.

Dos semanas después, la misma señora fue a la ciudad para ocuparse de algunas comisiones y se vio obligada a dejar a los niños en casa, tenían tarea que hacer y les dejó la merienda ya lista. Cuando volvió, encontró a los tres hijos en compañía de un sin techo en la mesa, comiendo la merienda. Habían aprendido bien y demasiado deprisa, claro, les había faltado un poco la prudencia. Enseñar a la caridad no es descargar culpas propias, sino un tocar, es un ver a una miseria que tengo dentro y que el Señor comprende y salva. Porque todos nosotros tenemos miserias dentro.»

«Los que llegan a Europa escapan de la guerra o del hambre. Y nosotros somos de alguna manera culpables porque explotamos sus tierras pero no hacemos ningún tipo de inversión para que puedan obtener algún beneficio. Tienen el derecho de emigrar y tienen derecho de ser acogidos y ayudados. Pero hay que hacer esto con esa virtud cristiana que es la virtud que debería ser propia de los gobernantes, es decir la prudencia. ¿Qué significa? Significa acoger a todos los que se puede acoger. Y esto hablando de números.

Pero es igualmente importante una reflexión sobre “cómo” acoger. Porque acoger significa integrar. Esto es lo más difícil, porque si los migrantes no se integran, son guetizados. Siempre recuerdo el episodio de Zaventem (el atentado en el aeropuerto de Bruselas del 22 de marzo de 2016, ndr.); estos chicos eran belgas, hijos de inmigrantes pero vivían en un barrio que era un gueto.

¿Y qué significa integrar? También en este caso pongo un ejemplo: de Lesbos vinieron conmigo a Italia trece personas. Al segundo día de permanencia, gracias a la Comunità di Sant’Egidio, los niños ya iban a la escuela. Después, en poco tiempo encontraron dónde vivir, los adultos empezaron a ir a cursos para aprender la lengua italiana y empezaron a buscar trabajo.

Claro, para los niños es más fácil: van a la escuela y en pocos meses saben hablar el italiano mejor que yo. Los hombres buscaron un trabajo y lo encontraron. Integrar, entonces, quiere decir entrar en la vida del país, respetar la ley del país, respetar la cultura del país pero también hacer respetar la propia cultura y las propias riquezas culturales. La integración es un trabajo muy difícil.»

«Nunca me he sentido desarraigado. En Argentina todos somos migrantes. Por esto allá abajo el diálogo interreligioso es la norma. En la escuela había hebreos que llegaban principalmente de Rusia y musulmanes sirios y libaneses, o turcos con pasaporte del Imperio otomano. Había mucha fraternidad.

En el país hay un número limitado de indígenas, la mayor parte de la población es de origen italiano, español, polaco, del Medio Oriente, ruso, alemán, croata, esloveno. En los años a caballo entre los dos siglos anteriores el fenómeno migratorio fue de un alcance enorme. Mi papá tenía veinte años cuando llegó a la Argentina y trabajaba en la Banca de Italia, se esposó allá.»

Lo que más me falta de Buenos Aires 

«Solo hay una cosa que me falta mucho: la posibilidad de salir e ir por la calle. Me gusta ir a visitar las parroquias y encontrar a la gente. No tengo nostalgia particular. En cambio, les cuento otra anécdota: mis abuelos y mi papá habrían debido partir a finales de 1928, tenían un boleto para la nave Principessa Mafalda, que se hundió en el mar de Brasil. Pero no lograron vender a tiempo lo que poseían y cambiaron el boleto y se embarcaron en la Giulio Cesare el primero de febrero de 1929. Por eso estoy aquí.»

«También aquí cito mi experiencia de Buenos Aires. En las chabolas hay más solidaridad que en los barrios del centro. En las villas miseria hay muchos problemas, pero a menudo los pobres son más solidarios entre ellos, porque sienten que tienen necesidad unos de otros.

He trabajado más egoísmo en otros barrios, no quiero decir acomodados, porque sería calificar descalificando, pero la solidaridad que se ve en los barrios pobres y en las villas no se ve en otras partes, aunque ahí la vida sea más complicada y difícil. En las villas, por ejemplo, la droga se ve mucho más, pero solo porque en los otros barrios está más “cubierta” y se usa con guante blanco.»

«No conozco Milán. Solo estuve una vez, por pocas horas, en los lejanos años setenta. Tenía unas horas libres antes de tomar un tren para Turín y aproveché para una breve visita al Duomo. En otra ocasión, con mi familia, estuve un domingo almorzando con una prima que vivía en Cassina de’Pecchi. No conozco Milán, pero tengo un enorme deseo, espero encontrar a mucha gente. Esta es mi mayor expectativa: sí, espero encontrar a mucha gente.»

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