Ayudar a los demás sin olvidarse de uno mismo

Quisiera ser conocido por ser una persona disponible, servicial, que piensa en las necesidades del otro antes que en las mías propias. Tal y como he aprendido, me encanta ayudar. Encuentro una gran satisfacción en ayudar a las personas a madurar, a evitarles ciertas frustraciones y ciertos engaños. A menudo me asalta el deseo de aliviar el sufrimiento ligado a determinadas etapas del desarrollo de las personas.

Estos últimos años, he estado rebosante de ganas de hacer mucho por mis allegados, mis colegas, amigos y conocidos… Cuanto más crecía como persona, más ganas tenía de compartir todos mis descubrimientos.

Me crie junto a un sacerdote que ha consagrado buena parte de su vida al servicio a los demás y que lo daba todo con tal de que la gente no cayera en las trampas de la vida. En definitiva, me he convertido de forma natural en un motor en mis relaciones, quiero ayudar a las personas a progresar, a avanzar, quiero creer en ellas, ofrecerles lo mejor de mí mismo para que también crean en sí mismas y en los dones que Dios les ha dado…

Pero llega un momento en el que el motor de la locomotora se cansa, se frustra, se enerva, incluso se rompe… demasiado agotado como para tirar de los vagones de atrás. ¿Os reconocéis en esta descripción?

Cuando he estado verdaderamente al límite, tenía la sensación de que se aprovechaban de mí las personas a quienes quería ayudar. ¡Llegué a no soportar a esas mismas personas a quienes deseaba auxiliar!

Me sentía fatal por pensar de esta forma, pero era algo más fuerte que yo, estaba harto de darme a los demás, aunque no podía hacer nada por evitarlo. Llegué a tal nivel de frustración que decidí buscar ayuda… Empecé a ver a un terapeuta y ahí empezó mi nuevo comienzo.

Durante esta orientación me di cuenta de hasta qué punto estuve equivocado. Mis creencias sobre este asunto eran erradas y me enviaban de cabeza directamente contra la pared.

He aprendido que en una relación sana con otra persona, cada uno hace el 50% del recorrido… Puede haber momentos en los que una de las dos esté más débil y se llegue a un 40 / 60, pero en general debe estar equilibrado.

Lo inquietante, por supuesto, era que yo hacía el 80% del camino en dirección a la otra persona, aunque nunca me hubiera pedido hacer tanto. Hacía el 80% del camino porque me decía que si no lo hacía esa persona no crecería… Jesús daba sin medida, ¿no? Solo que al darse tanto y sin haber sido invitado, uno se cansa rápido, se agotan las reservas, nos encanta entregarnos, sacrificarnos, pero no logramos recibir e, inconscientemente, nos cerramos herméticamente a los dones…

Me encanta de verdad entregarme a fondo, hacer crecer la relación lo más rápidamente posible, ganarme la confianza, luego ponerme al servicio de esa persona para que ella pueda crecer. Yo era muy proactivo, quizás demasiado. Una ayuda no solicitada puede ser entendida como una agresión, un acto de control, una injerencia.

Cada persona decide la velocidad a la que quiere avanzar. Podemos hacer lo que queramos para ayudarla a evolucionar, pero de nada sirve presionarla. De hecho, es contraproducente.

Cuando tomamos conciencia de que debemos permanecer en el 50% de la relación, sentimos un vacío enorme: para empezar, la gente en nuestro entorno está acostumbrada a ese 80%, a que organicemos las tardes, propongamos conversaciones, ofrezcamos nuestros servicios, compartamos nuestros contactos, encontremos el trabajo, animemos, valoremos… Pero de repente se sienten decepcionadas porque damos menos de nosotros mismos.

El otro desafío es cuando nos sentimos solos con nosotros mismos. ¡Qué duro es enfrentarse a nuestro silencio! Descubrimos un inmenso vacío que reemplazábamos con las necesidades de los demás o quizás incluso necesidades que nosotros habíamos imaginado.

Tomamos conciencia de que nunca hemos dedicado tiempo a analizar cómo recargar nuestras propias baterías, que ya se vacían después de poco tiempo.

Para poder dar, hay que saber recibir de los demás, pero también de uno mismo. Atreveos a dedicar tiempo a vosotros mismos, por ejemplo, un día en el que no hagáis nada. Sé lo que estaréis pensando, yo tuve la misma reacción: “Pero si todos tenemos en nuestro entorno a personas generosas que se entregan a fondo y que están felices y satisfechas”.

Dos opciones: o bien son personas muy equilibradas y saben cómo recibir y rellenar sus depósitos, o bien hace ya mucho que están agotando sus reservas, aunque muestren su mejor cara y os digan que todo va bien… Cuando se nos rompen los indicadores del coche, aunque sigamos teniendo gasolina o aceite, llegará un momento que la máquina se pare de repente, aunque no hayamos estado viendo los avisos.

Para ser una fuente de inspiración, de ánimo, de apoyo para nuestro entorno, hay que saber recargar pilas, y no únicamente con el tiempo que pasamos en la iglesia y en oración… Somos un cuerpo, una mente y un espíritu, y cada parte tiene necesidades diferentes.

Si os encontráis en esta situación, mi consejo es sencillo: comenzad a cuidar de vosotros mismos. Al principio será difícil. Vuestro cerebro se habrá acostumbrado tanto a funcionar de cierta manera que os costará trabajo sosegaros, pero perseverad. Y luego planteaos buscar ayuda para comprender qué os impulsa a hacer lo que hacéis. ¿El miedo? ¿Unas creencias erradas? Es momento de reconfigurarse.

Yo todavía estoy en proceso de reconfiguración, pero puedo deciros que, al cambiar este aspecto, he descubierto lo exigente que puedo llegar a ser con los demás, demasiado a veces, tanto que dejo de mirar a la persona tal y como es y me centro en quién podría llegar a ser. Hay una faceta amable en esta forma de mirar a las personas, pero rápidamente se vuelve difícil vivir el momento con ellas, en especial porque pueden sentirse minusvaloradas y sobre todo si no han pedido ayuda.

He podido reconstruir las relaciones que se habían roto a causa de mi actitud y he descubierto de repente que es precisamente cuidando de mí mismo que puedo conseguir un mayor impacto sobre los demás.

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